Rodando Mi Tierra

el horizonte es el límite

Archives marzo 2011

Un cafecito?

Así las encontré hace unos días. Tan a gusto y relajadas, a la sombra en un cafecito por la zona de Chapultepec.
Que bien es tomarse un tiempo de vez en cuando. Detenerse y disfrutar de la buena compañía. 

Es una frescura rodar por la mañana no? No importa si ruedas al bosque, o si es para llegar a tu trabajo, sorteando el trafico, o si ruedas por las calles por el simple afán de disfrutar la ciudad, sea entre semana o en domingo.


Pasear a bordo de la rila es un descanso para la mente, es integrarte al entorno, ya sean brechas y arboles o pavimento y edificios. Y mas cuando a tu lado, ruedas otros, sean conocidos o no tanto. Comparten ambos la dicha de moverse, siendo humanos y a la vez siendo uno con la maquina que los mueve, y que los lleva, que los guía y que los obedece.


Es disfrutar la esencia de lo que somos como seres vivos, sin “atajos” del esfuerzo, cada uno ha de gastar su energía, consumir su tiempo, asumir el cansancio y al final, llegar al destino sabiendo que una vez mas lo hemos logrado, rodamos un día mas!

Rodando con mi amiga soledad…

Nada que ver con esas visiones nostálgicas y melancólicas de la soledad, todo lo contrario. Fueron kilómetros de una intensa comunicación de mí, conmigo. Momentos que considero, deberían de formar parte de nuestro habitual andar, y también en el rodar.

No podemos descubrir la riqueza de la soledad si no disfrutamos de la compañía, lo mismo que no podemos descubrir el valor del grupo si no amamos el estar únicamente con nosotros mismos.

Hace un par de días tuve la dicha de comprobarlo plenamente. Iniciamos temprano como de costumbre, ascendiendo ese tramo que nos lleva a la planicie del bosque, para luego ir dejando que la brecha nos engullera y nos transportara a la velocidad del halcón serpenteando entre sus colinas y cañadas. Íbamos algunos de los de siempre; Charly, Rober, Adrian, Paco y una invitada de último momento, Mayra si mal no recuerdo. 

Aprovechamos la pendiente que nos metía más y más al bosque, era como en las películas clásicas de mi infancia, me sentía el Han Solo saltando al hiperespacio, viendo como en mi periferia visual, los arboles no eran sino manchones verdes que se torcían mientras mi alumínica y yo nos deslizábamos sobre la brecha. esquivando los guijarros y grietas cual si fueran naves del imperio o de los sith.

Luego vino el descanso dejando la brecha y sorteando el single track que nos depositó a la salida del bosque. Tuvimos frente a nuestra vista el valle de San Isidro, con el polvo levantándose a nuestro paso llegamos a la bifurcación que me separo del grupo y me llevo a este regalo que me di a mí mismo. Y en un santiamén me encontré rodando a mis anchas, a mi paso, a mi propio destino (zas, hoy debería escribir un guion…jeje).

Con todo y este dejo de dramatismo, puedo asegurar que es una dicha rodar en soledad, claro, como lo es también rodar en medio del pelotón. Pero bueno, esta vez me dí el momento, la oportunidad de rodar así, simplemente disfrutando el sonido de mi bici sobre el camino.Pasé por donde otros días he pasado junto con otros y saboreé los recuerdos endulzados con mi momento actual. Escuché a mi mente y la dejé platicar con mi espíritu, creo que se la pueden llevar bien, solo necesitan conocerse un poco más. Juntos creo que podremos llegar mucho más lejos de lo que cualquiera de nosotros creemos.

Y así fui regresando a mi punto de arranque, fui arremetiendo a mi cansancio y marcando mis nuevas marcas, mis nuevos puntos a superar, mis nuevos records. Sin el afán de demostrarle a alguien más, ¿qué mejor manera de saberme capaz que demostrármelo a mí mismo? Que mejor manera de saber que lo logré, que recordando lo rodado desde las 7:20am y verme de nuevo, a las 11:00 rodando rumbo a casa.

Ro

Almas rodantes…

Transvolcano 2011 va quedando atrás, pero todo lo vivido va amalgamándose en mi alma. Suena algo cursi, lo sé. Lo releo y aun así, que así quede. El alma, esa entidad escurridiza en nuestro mundo de maravillas tecnológicas y de cuentas por pagar que no terminan. Un concepto que muchos dejan para las adormecedoras homilías dominicales o para algún debate al interior de una mezquita o una sinagoga.
Este término cobra vida más de lo que uno cree. Y una ventana para verlo vivo, es rodar. Aquel sábado, con las prisas, con el reencuentro con rostros conocidos, al momento de ir viendo como la plaza central de los Reyes se iba llenando de jerseys de todos los colores, escuchando las ya famosas bromas y las que en esta edición, hicieron su aparición. Los colores se agrupan en momentos, y luego empiezan a brincar dentro del pelotón, cuando se da la señal de arranque y todos iniciamos nuestra propia lucha para superar esta nueva prueba con nosotros mismos.


Ahí sentí a mi alma moverse y traspasar mis poros, hincharse como campo de fuerza de ciencia ficción, retraerse y sustraerse por cada recoveco de mi ser. Ese sentimiento de mariposas en el estómago, de sonreír por el simple hecho de estar vivo y presente en esa plaza, en ese momento. Ahí descubro a mi alma reír y vibrar, es esa sensación indefinible de amplitud, de serenidad y empatía con el entorno, sea un árbol, una banqueta, un chiquillo que corre por ahí o un anciano que cruza la calle. 

En ese momento me uno al pelotón y comienzo a navegar en él y me siento pleno. Es indescriptible ver como las docenas de ciclistas van recorriendo las calles para luego tomar la carretera, la alfombra multicolor, cambia de forma y poco a poco se va estirando para ir cubriendo más terreno sobre el asfalto, que a poco se convierte en una brecha de tierra y empezamos a subir la montaña. Ah que montaña!



Siempre está ahí, siempre es la misma y siempre cambia para cada uno, se ofrece como una amante pero exige de nosotros la misma entrega, sino es que más. Vamos subiendo y las voces se van silenciando, cada uno a su manera se van adentrando en sí mismos para tomar la fuerza que nos hará conquistar una vez más la trepada de Transvolcano.



Cada uno tendrá sus tótems, sus mantras, sus oraciones, sus costumbres, pero al final, para cada uno, es nuestra propia manera de volver a nuestra esencia, a sacar de lo más fondo de nosotros a esa escurridiza pero leal alma. Ahí entre los pinos y las huertas de aguacates, ahí cadencialmente tomando la carretera y enfilando al joven volcán Paricutín, en los murmullos que resurgen cuando me encuentro con otros ciclistas cuando vamos llegando a las ruinas de San Juan, el viejo.

Me descubro lleno y satisfecho de poder rodar, de poder convertir este hecho en un camino para compartir mi letra y compartirme a mis amigos, a mis compañeros, aún a aquellos que en esta ocasión físicamente no estuvieron ahí, sintiendo los rayos del sol, el viento meciendo los árboles, el polvo levantado por los casi 200 pares de ruedas que surcaron una vez más la maravillosa tierra del Chelis, gracias José Luis!

Ro

Rodar es vivir!

Y si, rodar no es únicamente estar subido en el sillín y pedalear,
Rodar es compartir con los amigos y con los que aun sin ser amigos, pueden sonreír a un nuevo rostro, a una voz que invita a disfrutar una anécdota, a recorrer en la imaginación un nuevo camino…














Rodar es disfrutar una puesta de sol lejos de casa, es disfrutar una queka al pie de un volcan, es sudar hasta el cansancio por el simple hecho de querer hacerlo!











Rodar es recordar es compartir el polvo y el asfalto, es sonreír y cuidarse unos a otros…



Y como la canción…. “por eso y muchas cosas mas…” Rodar es vivir!


Ro

Rodar es tan simple como mirar…

Rodar es tan simple que puede ser entendido de muchas maneras,
Tantas formas como rodantes que toman una saliente…
La otra mañana íbamos algunos del grupo por la ruta llamada “La Mosca”, de regreso…
Y fue muy ilustrativo tomar las fotos a mis compañeros de rodada, Marco y Adrian,



















Roberto y Ruben…




















Y el mismo árbol triple como testigo, el mismo trecho cubierto de hojas de roble y piedras que sonaban perezosas al empujar a las llantas sobre la brecha, pendiente abajo. Sí, ahí fue, mientras tomaba esas fotos percibí la magia surgiendo del suelo mismo, aspirándose en el verdor agonizante de las hojas de invierno, en el viento al susurrar odas al nuevo día.

Es muy rico rodar, no solo en el sentido de disfrutar el fruto del propio esfuerzo de cada uno por llegar a esos rincones, tan cerca y tan lejos de nuestra ajetreada ciudad. Es rico también por la enorme cantidad de momentos que se dan en tan solo unos segundos, en un mismo espacio, como si el tiempo mismo se desdoblara y el espacio se expandiera en infinitas posibilidades de acción en el mismo estrecho de tierra.


Y también, es una riqueza de sensaciones, aun cuando esa ruta la haya rodado decenas de veces, cada una es diferente, es veloz, es contemplativa, es un destello mientras esquivas una rama baja, es un pasmoso segundo que se estira mientras superas una pendiente que exprime al máximo tus piernas.


Y luego, en otra ruta, en otro día, que bien pudiera ser el mismo, el mismo rodante o quizás otro que pasara por allí, descubriría un rincón que ahí ha estado siempre, o tal vez apenas surgió en ese día, cuando el azul del cielo quiso aparearse con el terroso suelo de un bosque que se niega a replegarse, que invito a la fiesta a los arboles, secos y frescos, o que tan solo quisieron en ese momento, en ese instante, asomarse para la foto.


Ro