Rodando Mi Tierra

el horizonte es el límite

Archives diciembre 2013

Cronica de la amistad

La amistad se da, no se gana. La amistad se fortalece con acciones, no con palabras. La amistad bien pudiera verse como una rodada matinal. Como cualquier otra ocasión en la que puestos de acuerdo o por pura casualidad, compartimos durante unas horas la brecha, el camino, el polvo, el frío, el sol, las historias, el apoyo, las risas, las sorpresas, las caídas y las levantadas.

Empezamos a una misma voz y nos acompañamos, aún sin vernos. No es necesaria mucha alaraca para planear la ruta o como en algunas ocasiones, para modificarla. Compartimos los cuidados, los avisos y descubrimos algún nuevo recodo del camino. Y ante alguna eventualidad surge el apoyo de los otros, la sana carrilla quizás, pero siempre la ayuda requerida.

Podemos en momentos encontrar distancias entre cada uno, al fin y al cabo no hay nadie igual (bendito!), y unos pedalean más rápido que otros, otros empeñan las piernas y otros, como dijera un buen amigo… “pedalean con el corazón”. Así bien, el grupo de alarga, se ensancha, dependiendo de la ruta. Pero al final, en el puerto, se vuelven a encontrar, ahí es donde la amistad retoma bríos, en las historias de cada uno van los eslabones que las hacen duraderas, las hacen genuinas y le dan forma a un grupo y equipo.

Es singular esta forma de encontrar las razones para saber porque rodamos. Porque es verdad que es así que las rodadas no terminan cuando bajamos de la bicicleta, se siguen con uno en nuestro andar de cada día, cuando estamos hasta el “gorro” de trabajo sentados ante el monitor, o corriendo cada cual para alcanzar a su pareja en la reunión de la escuela, o batallando con el tráfico malvado que conjura para que lleguemos tarde por lo “chilpayates”. O bien cuando hemos librado la batalla contra la rutina, y triunfantes salimos a la cena con amigos o a la comida de familia. Siempre viene esa rodada con nosotros, porque somos parte de un camino, que no importa cuántas veces rodemos, siempre será parte de un eslabón nuevo, en esto que puedo llamar la amistad.

O no?

DSCF7150 DSCF7148 DSCF7145 DSCF7149 DSCF7142 DSCF7138

La cadencia

Casi las diez y cuarto de la mañana. Habían pasado alrededor de dos horas de estar rodando en las entrañas del bosque, brechas jóvenes creadas en las últimas décadas con el paso semana a semana por tantos colegas ciclistas, y veredas algo más escondidas que sólo acarician un poco parajes del bosque antiguo. Ese que no es muy visitado. Ya salimos de la arboleda y estamos bordeando la foresta. Había estado sintiendo el viento frío mientras cruzamos el bosque pero es ahora cuando más se siente su ímpetu, levantando nubes de polvo que golpean mi rostro como micro piquetes en la piel.

DSCF7159

DSCF7160

 

 

 

 

 

 

Rodada cadencial, adecuada para ir intercambiando comentarios y puntos de vista, recordando anécdotas, siempre y cuando los compañeros de rodada mantengamos un mismo ritmo. Pero luego cada uno va tomando su ritmo, y a veces, eso significa que cada uno va en su tramo de ruta. Eso nos da pie a ir con nosotros mismos, descubriendo el ritmo de respiración que llevamos, escuchamos nuestro propio corazón y poniendo un poco de atención escuchamos nuestros pensamientos. Vemos esos camiones enormes cruzar los caminos rumbo a los bancos de materiales, seguramente sin permisos van hurtando el futuro de nuestro pueblo.

Esto también me lo ha dado el ciclismo, el rodar por tantos lados de mi tierra, descubrir tantas cosas que están fuera de lugar, tanta codicia y estupidez disfrazada de ignorancia. Tanta ceguera de unos y apatía de otros.  Y la sencilla respuesta que debería de ser resolver los problemas en que nosotros mismos nos sumimos como sociedad se ven tan claro mientras voy pedaleando. Simplemente encargarnos de lo que nos toca. Sabernos parte del camino, descubrir que es mucho más sabroso rodar moldeándonos en el camino que destruyéndolo para pasar. Sabiendo que aunque parezca que vamos solos, la brecha no es nuestra únicamente, sino de los que van junto a nosotros y los que vendrán más al rato, mañana u algún otro día. Y si la estamos disfrutando, es justo que los demás hagan lo propio. Y hay para todos, y mientras cuidemos la travesía, podremos seguir disfrutándola una y otra vez.

Ro

Iba rodando

Iba rodando, no importa dónde, no importa cuándo. Quizás es mejor que no se sepa ni el lugar, ni el momento. Simplemente me encontraba disfrutando una rodada más, unos minutos enfocado en mantener el equilibrio arriba de las ruedas, sorteando piedras, raíces, zanjas. Manteniendo un ritmo de respiración justo para tomar oxígeno y soltarlo con la agitación suficiente para que mi corazón bombeara la cantidad precisa de sangre a mis músculos. Inclinándome en momentos, levantándome sobre los pedales en otros, buscando la exacta relación entre las velocidades traseras y el avance delantero de mi bicicleta. Concentrando mi atención en la traducción que hacen las ruedas del terreno que voy pasando…

Iba rodando y entonces escuché un ruido fuera de lugar. Bueno, pareciera de inicio fuera de lugar pero en realidad no lo era tal. Simplemente fue un sonido que no había producido mi rodar, primero pensé en alguna piedra rodando, o un perro por ahí cruzando. Pero ni lo uno ni lo otro fue. Se trataba de un par de venados, corrían en sentido contrario al que yo iba, fuera del camino. Sorprendido, maravillado, entusiasmado, disminuí la velocidad y en fracciones de segundo repasé mis bolsillos con la mente, no traía mi cámara!, y el celular, aunque lo traía, no era viable poder sacarlo, desbloquearlo y pelear con su “touch screen” para llegar a su cámara y captar la escena. En eso vi pasar un tercer venado, me detuve.

La maravilla de la vida que se busca y se encuentra a sí misma. Un instante en el que las presiones de mi día se desvanecieron, me vi a mi mismo ahí, en ese recodo del camino, bendecido con una visión única y el sabor de satisfacción, no en mi boca, sino en mi espíritu.

Fotos? están aquí plasmadas en mi memoria. Entiendo a Einstein y su teoría de la relatividad, como un instante puede ser tan diferente aún para uno mismo, cuando estás ahí envuelto en tu pasión, y esa fracción de tiempo puede extenderse más allá de las manecillas de un reloj o los “tics” de un átomo, y a la vez hay momentos en tu día que son tan rutinarios y faltos de sentido que simplemente ya se perdieron en las hebras de nuestra mente.

Así, sigo hoy saboreando esos segundos de esa rodada que parecía ser como alguna otra, y que hoy me hacen recordar que no hay rodada igual, una de otra, así como tampoco tenemos un día similar al anterior o al que vendrá, por más que nuestra eterna inercia por la rutina quiera que lo aceptemos, siempre estará de nuestro lado el propio espíritu que nos mueve a cada instante, que nos dice y nos exige a vivir cada momento, como si fuera el único que nos quedara, cada momento hemos de mantener el equilibrio de nuestra vida, porque si no, como en la bicicleta, pierdes un segundo el balance y lo único seguro es que te caerás.

Amén

Ro