Rodando Mi Tierra

el horizonte es el límite

Archives junio 2014

Siluetas

Lcropped-one_biker_in_the_trial.jpga silueta es la esencia en muchas ocasiones, es la luz en la sombra, es el significado no externado. Es saber que ahí se esta, pero que no se espera. Es la descripción no pedida y es el recuerdo de lo que se ha logrado. Es un símbolo y es la meta. Es encontrar sin buscar, algo así como platicar sin esperar ser escuchado.

 

En ocasiones, una silueta pamanece_en_el_8ymedioarecería un dibujo sin terminar. O el plan de ataque de una batalla. Pero es más bien un tatuaje en la piel y cuyo significado es únicamente relevante para quien lo porta. Pero no por eso deja de tener un sentido para quien lo ve.

DSCF7090

Puede ser la ausencia de luz o el exceso de ella. Es la esencia de la magia de rodar, que un día ofrece una vista y al siguiente se nos brinda de una forma completamente diferente. Porque no importa cuántas veces pases por ese mismo sendero, siempre será una brecha diferente. Cada pedalazo que damos sobre nuestra bicicleta es una experiencia de vida nueva, es una razón diferente para seguir viviendo, para seguir aprendiendo, y al final, seguir compartiendo…

Ro

Sayulita

DSCF7695

No soy un gran aficionado al mar, yo prefiero ir a la montaña que llegar al calor, la arena, y la sensación pegajosa de las playas septentrioniales de México, pero no he negar su magia y la de los pueblos que viven ahí justo en donde revientan las olas y las aves no cesan de volar y cantar, chillar o graznar… A una de esas paradisiacas playas fue que me llevo mi deseo de rodar al nivel 0 msnm… y bueno… en esta competencia fue como si fuera cargando una cobija sobre mis hombros mientras voy rodando, así me sentía. Acababa de salir de la “jungla”, un tramo de un par de kilometros a lo más, de la pista en la carrera de Sayulita. Rodando al nivel del mar, que buena aventura. Y con ese saborcito especial que le da participar en una competencia. Si, aunque uno llegue diciendo que no buscas podio, sino simplemente terminar, siempre es contagiosa la emoción, la adrenalina me acelera el corazón, me presiono a mí mismo por dar ese poquito más y claro, me frustro cuando alguien me pasa. Salen de inmediato las excusas, “yo solo vengo a participar”, “mi trabajo es en oficina, ya de menos vengo”, “esta chica ha de entrenar cinco horas diarias”… ja ja ja, en fin, cuando por fin dejo de tirarme jitomatazos a mi espíritu y yo mismo me limpio los improperios, vuelvo a concentrarme… y a retomar mi relato en donde había empezado…

Aunque tu que lees puedas no creerlo, así sentí yo rodar esos tramos a pleno rayo de sol, y eso que eran ya pasadas las 5:00pm, entre Sayulita y Punta Mita. Y como lo decía, acababa de salir de la sombra de la zona de “selva” para sentir en la espalda como el sol parecía estar tan emocionado con nuestra competencia, que lo sentía como si estuviera de “caballito” sobre mi espalda. Pero no había tiempo de lamentos o más trenes de pensamiento, veía allá adelante otros cinco o seis ciclistas, como motas rojas, azules, blancas… moviéndose en la vereda que iba elevándose, tan sólo unos metros, pero me parecían media torre de mi bosque… no quedaba más que apretar
mi pedaleo, estirar mi espalda, sujetar el manillar y volver mi vista a mi rueda para entre resoplidos y bufidos esforzar mi maquina para soportar al solecito que seguía encantado encaramado en mis hombros…

Pero que delicia llegar al final de esa pendiente y escuchar las voces de ánimo de los “hidratadores”, y las preguntas “quieres agua?” “quieres powerade?” “te hecho el agua en la cabeza?”… sus palabras y los líquidos son la mejor porra que podía recibir, y aunque con una mueca en mi rostro, iba yo contento, por estar ahí, por haber llegado, por estar compartiendo este reto con otros locuaces como yo, por estar departiendo desde antes de la salida del sol con viejos conocidos, como el Menguele, el Rober, el Oscar, Victor, Rommel. Y otros nuevos conocidos y ahora amigos y amigas como Carmen, Marce, Alex, Monica, Paco…

Ahí iba, el 254, queriendo encontrar la meta, pero para eso aún me faltaba una vuelta… pero a cada pedaleo que daba, me decía a mi mismo, “ya casi, casi”, “esto que estoy pasando en la pista ya sólo hay que pasarlo una vez más y se acabó”… “vamos, vamos”… y escuchaba el “pista!”, “vot por derecha!”… que me traía de nuevo al trayecto, y sin darme cuenta, ya el solecito se había bajado… el muy canijo si se sentaba a descansar, ja!… no quería estropear su brillo bajo las ramas verdad? Pues que mejor, ya voy entrando en la zona de arbolillos sin hojas, solo ramas y espinas que “cariñosamente” me dejaban algún recuerdillo.

Voy de nuevo y por segunda vez paso la meta, que chido, es ver tanta gente, tantas porras, “agua?”, ánimos, un cuarto de naranja que me supo a gloria y me renovó la energía para seguir tras esa última vuelta. De nuevo trepadita, de nuevo la recta para descansar con una porrista solidaria que esperaba a su marido pasar, creo, pero que no dudo en ofrecerme agua también… así me vería, jeje.

Luego otra subida, otra recta, más subida de colina, para luego sumirme en el lecho del arroyo, que aún no lleva agua, sólo unos cuantos charcos lodosos que le ponen sabor al sopor de esta micro-jungla… nuevamente el páramo, pero no el de Juan Rulfo, sino el de esta Riviera, que me tiene a un par de kilométros del oceáno… pero ah canijo! El solecito ya se ha bajado lo suficiente para dejarme rodar ligero, y así paso ya los puestos solitarios, escuchando mi respiración únicamente, mi mente que ya cansada, me deja rodar en paz… y ahora si, a mi propio ritmo, disfrutando la rodada. Y sintiendo que ya mi meta, mi reto cumplido se acerca al fin! DSCF7687

La caida

Es de mañana. Rodando voy en solitario esta vez. De cuando en cuando es bueno darse el momento, aunque claro que sabemos que hay riesgos, por eso procuramos avisar que ruta rodaremos y de hecho hacer una que no conlleve más riesgos de los necesarios.

Hey!, bajé el último trecho sin bajarme, – uujaaa – se escucha en el bosque, mi grito de ánimo y satisfacción por rodar, practicamente sin bajarme de la bici ese tramo de la ruta… según recuerdo , nunca, en mis casi diez años de rodar por aquí había logrado eso, así que voy contento, satisfecho. He de aceptar que ayudó el que alguien le haya dado una manita de gato, una barridita y que las lluvias adelantadas le dieran una pulidita a esta parte extrema para bajar la colina y llegar al “árbol”.

Aún con la sonrisa en mi rostro, sigo rodando y decido ya que ruta tomaré para emprender el regreso a “postes” a la “caseta” de acceso y en donde inicié a rodar esta mañana. Tomo la vereda que serpentea un poco hacia arriba de nuevo para luego rodar un mini-tobogán que me haría llegar a uno de los vallecitos. Pero antes, ruedo una saliente y me enfilo a otra bajada inclinada. Por el lado izquierdo es aún virgen para mí, es un escalón que no me he animado a brincar, o bajar. Del lado derecho es una pendiente continua, si bien se ve extrema, no se ve imposible, y además, hace unas dos semanas, bajé por ahí sin problema. Entonces tomo ese camino derecho y sucede…

Son segundos que parecen aletargarse en mi memoria, me levanto un poco del asiento y echo nalgas para atrás, como lo marcan los cánones y mi experiencia para mantener estabilidad y no irme de frente. Siento que entro un poco desviado, la llanta delantera cae en una pequeña zanja. Yo no pienso haber perdido la bici, si mal no recuerdo estoy pensando: “voy chueco, levanta el manubrió y jala a la derecha”, si… lo pienso, pero las cosas suceden de otra manera; creo que sigo levantado un poco sobre el asiento, pero en la inclinación de la bajada, tengo mi cuerpo más hacia adelante, más sobre el manubrio, más de lo que debería. No siento perder la bicicleta, pero la verdad es que ésta ya no va controlada por mi, sino por la gravedad, que ahora es la que manda.

Mi visión parece cerrarse, ya no tengo visión periférica, y estoy viendo solamente los cuatro metros cuadrados que tengo enfrente, recuerdo estar viendo mi manubrio y la potencia, el tubo que “agarra” el manubrio al cuadro, luego, en lo que parecen varios segundos pero no son más que milésimas de uno sólo, veo mis manos, mis brazos extenderse hacia el frente, sobre el manubrio, mis pies ya se han desengrapado. Lo hice yo? No lo sé, pero que bueno que sea por el instinto, la experiencia o la suerte, ya no estoy “pegado” a la bici, vamos juntos, pero no revueltos, compartiremos la misma suerte, de eso no hay duda.

Mis manos enguantadas marcan la avanzada, no tengo conciencia de más. Siento el contacto con la tierra, me voy deslizando, mis palmas van raspando la pendiente hacia abajo, les siguen mis antebrazos, luego mi torso y ya siento ir frenando, mi pecho golpea el piso de tierra, pero no me duele, mi rostro recibe leves golpeteos de la tierra y pequeñas piedras que se han levantado con el rozamiento de mis brazos. No se cuánto me deslicé, pero estimo que no más de dos metros hacia abajo. Hago un recuento instantáneo y creo que todo esta en su lugar. Mis manos siguen enguantadas, los guantes hicieron su trabajo y aguantaron el raspón. Mis antebrazos recibieron su dósis y vierten un poco de sangre de las raspadas, ya que traigo un jersey de manga corta, pero nada de cuidado según veo… todo se sigue moviendo; muñecas, dedos, codos, hombres, cuello…

Algo duele y descubro que es uno de mis tobillos, parece atrapado y en la confusión del momento creo que sigue engrapado pero no puede ser… tengo la llanta trasera de mi bici casi a la altura de mi cabeza, anatómicamente imposible… me apoyo en mis manos he intento levantarme pero el dolor me “sugiere” que no siga. Volteó a mis piernas y estan bien pero mi tobillo derecho esta “atapado” en los cables de freno y velocidades que pasan por enfrente del manubrio… ¿cómo fue que quedó ahi?, será una duda que no creo descubrir. En esos segundos que pasan de que vas rodando a que quedas en el piso siempre pueden ocurrir hasta dobleces en el espacio-tiempo, creo… En fin, intento zafarme y no lo logro. Parece que si sigo forzando a soltarme de los chicotes del manubrio, puedo ahora si, realmente lesionarme el tobillo, así que aquí es cuando algo realmente sucede: aprendo y descubro la posible razón de este “accidente”, o al menos así lo veo yo. Claramente recuerdo haber visto como la desesperación parecía irse asomando, como cuando uno ve acercarse una nube de insectos detrás de una colina, o una ola más grande de lo esperada cuando estas tranquilamente a la orilla de la playa. Pero logré contenerla, o más bien dicho sortearla… no me enfrente en una lucha estéril, sino que la vi venir, la miré y la dejé pasar… respiré hondo un par de veces, abracé la tierra debajo de mis manos y empecé a analizar los posibles pasos para salir del embrollo. Agarré como pude la rueda trasera de mi bici, que tenía a la altura de mi rostro y ví que podía empujarla para separarla de mí, esa parecía una buena opción, porque sentí que podía mover un poco más el tobillo, pero aún sin liberarlo.

En eso escuché el tipico sonido que se produce al pisotear hojas ahí en el bosque…”otro ciclista!” pensé, que me vea y me pueda ayudar a destrabar mi tobillo, no alcanzaba a ver, pero volví a escuchar las hojas pisoteadas… pero no escuchaba el típico roce de las ruedas con la tierra… uhmmm, puse atención y sí, eran pisadas… pero no de bici, sino de una vaca… bendito! Jajaja… que imagen, ¿o no? Yo ahí tirado, cual largo soy, atorado en mi propia bicicleta, sin poder moverme, y una vaca pasando simplemente por ahí mirandome, para simplemente seguir su camino y continuar mascando yerba… chale!…

En fin, “si no ayudas, no estorbes” y doña vaca se lo tomó al pie de la letra y siguió su camino. Entonces nuevamente volví a lo mío, a tranquilizarme. No había problema, no tenía nada roto, solo tenía que indagar exactamente para donde empujar la llanta trasera para poder liberar mi tobillo. Otro par de respiraciones y luego apoyándome con mi mano derecha, levanté mi torso y empujé la llanta trasera hacia atrás, hacia arriba de la pendiente y voila!, se liberó mi pie, con lo cual pude sentarme y constatar que no había lesiones en mis extremidades inferiores, más allá de unas abrasiones en mis rodillas. Raspones que ahora se convierten en trofeos de la rodada y tributos a la ruta, jeje. Me levanté, rehice mi inventario y agradecí que no tuviera lesiones más allá de las raspaduras.

Tomo a mi leal alumínica, y le sacudo un poco la tierra, verifico cadena, frenos, pedales, manubrio, desviadores, todo en su lugar, una que otra raspadura nueva pero puede rodar. No pierdo tiempo, más vale volver a rodar antes de empezar a enfriarme y que otros golpes se hagan notar ya que la adrenalina salga de mi sistema.

No camino, mucho, a veces las lesiones más difíciles de curar no son las físicas, sino las mentales, así que aún sin terminar la bajada monto en mi bici, básicamente para demostrarme que puedo volver a tomar una bajada sobre las ruedas, y seguimos por la ruta… salgo al camino ancho, y para seguir con mi auto-terapia decido no bajar por el camino rápido sino tomar la ruta de la Cebada (o casitas),  y por ahí termino mi ruta tempranera, llego al punto de salida, sonrió para mis adentros, agradezco a todos, por volver, algo polvoriento y raspado, pero listo para la siguiente rodada que espero sea muy pronto.

¡Asi a de ser! ¿o no?