Rodando Mi Tierra

el horizonte es el límite

Archives febrero 2017

No importa donde

En el verde profundo

En medio del bosque, el vaivén del rodar…

Hay que rodar. Por qué? Sencillo, el ser humano esta hecho para moverse. Por más que el mercado, la tecnología, “los otros” nos convoquen a que quedarse en casa, a viajar virtualmente en la “comodidad del hogar” con lentes “3D”  que sólo ciegan los sentidos al universo. La realidad es que nosotros como seres humanos necesitamos estar moviéndonos, caminando, corriendo o qué mejor? Rodando. Subirte a la bicicleta te brinda la opción de llegar lejos, descubrir nuevos lugares, encontrarte una vista que ya habías “visto”, pero que no habías observado.

Rodar te sumerge a las entrañas de los bosques, hace que te abras paso entre árboles, a través de veredas, vas sintiendo el fresco del rocío que se va evaporando con el paso del día y al final, sin darte casi cuenta descubres tus pulmones más limpios y tu mente más clara a nuevas ideas.

 

Cruzando la laguna seca, un desierto para encontrar el infinito

Rodar también te puede llevar  a recorrer parajes sin árboles, senderos blancos en donde el sol se regodea de deslumbrarte y bañarte con su luz y su calor por arriba y trabajando en conjunto con la tierra, reflejarte ese calor y esa luz desde abajo. Te tienes que concentrar en escuchar a tu propio cuerpo, en sentir cuando necesitas ese sorbo de agua, ese estirón de piernas, de brazos, para no acalambrarte, no deshidratarte. Puedes descubrir la magnificencia que nos rodea, espacios abiertos hasta donde alcanza la vista, quizás algunas colinas en la lejanía, y arriba, aparte del sol, quizás nubes tímidas y un cielo azul que si te pones a pensar, no es un techo, es nuestro enlace con el universo que se extiende allá arriba, hasta la eternidad!

Así que no importa donde ruedes… pero rueda!

Ro

 

 

Hace rato que no

Hace rato que no ruedo en la montaña. Si extraño las veredas y los senderos. Me queda claro que me gusta mucho respirar ese aire frío al arrancar la rodada, sentir los jalones iniciales de mis músculos que empujan a la bici hacia el primer puerto.

Recuerdo sentir el viento que se cuela entre los pliegues de la chamarra, las ventilas de mi casco y las comisuras de los lentes. Escucho ese “raspar” de las llantas sobre la tierra, los terrones, las piedras que producen algo como murmullos a mi paso… como diciendo “ahí viene de nuevo”, “ea, ea, que pase”…

Veo de nuevo (y sin lentes virtuales) como los árboles parecen juguetear mientras me acerco, como si se hicieran a un lado, se inclinaran, se convirtieran en borrones verdes que quedan atrás y pasaran la estafeta al siguiente árbol.

Otra vez calculo en micras de segundo (si no es que menos) cómo acercarme a la curva a la izquierda que viene enfrente, tiene peralte entonces puedo no frenar y aprovechar la inercia para salir con más velocidad hacia la siguiente curva que será a la derecha y después de la cual viene un vado en el que debo cuidarme de no atorarme. Pero apenas al entrar en la primera curva me topo con una pequeña rama rota caída juste en medio del sendero!!!… instintivamente levanto el trasero unos centímetros y a la vez agacho el torso, aflojo un poco mis manos pero las mantengo firmes en el manubrio para sentir como la llanta pasa sobre la rama y no pasa nada, la suspensión y mis abrazos absorben el “tope” y mantengo “la línea”… en milisegundos la llanta trasera pisa la rama y se derrapa unos centímetros. Siento que la llanta trasera se corre a la derecha, la bicicleta se me inclina a la izquierda, pero antes de perderla jalo mi cadera a la derecha. A la vez jalo mis brazos también a la derecha y aunque la bici sigue un poco inclinada, ella y yo libramos la curva y enfilamos a la siguiente curva…

Ah que aventura!!! y es apenas la primera curva, así es esto de rodar en mi montaña, así es esto de disfrutar de la vida, de conocer y reconocer el camino, mi mundo y a mí…

Y qué cosa, hace semanas que no ruedo…

 

Ro