Rodando Mi Tierra

el horizonte es el límite

Archives junio 2017

un camino cualquiera

Un trazado que viene “desde´n” antes. Hoy pasamos por aquí, sin saber realmente quien definió este camino. Y pienso: “¿Es de aquí para allá, o de allá para aquí?”

Tierra aplanada, el lienzo a cada lado, el color paja después, los arbustos salpicando aquí y allá. Un grupo de árboles que hace valla y que acabo de pasar. Los cerros aún tapizados de pinos al fondo. Y arriba, un azul que no termina…

 

El estiaje en todo su apogeo, las tierras secas, árboles caducifolios desnudos al igual que los campos de cultivo. Ahora ya están arados… algunos hasta semillas han de tener. Están abiertos, cómo el nómada en el desierto que abre su boca esperando al menos una gota de agua que sacie su sed, así estas tierras rojas, están ansiosas de recibir a las lluvias, cual amantes de un amor añejo, un amor eterno entre el cielo y la tierra.

 

Que hermosas historias puede uno descubrir rodando en su rila, en un camino cualquiera…

Ro

Y que me caigo

A todos nos puede pasar, y las mejores veces es cuando lo puedes contar, je je.

Hoy empecé el día tranquilamente, preparé mi bicicleta y me lancé a las calles, para ir a trabajar. Voy como usualmente, por calles tranquilas, vías secundarias, rodando a la defensiva, multiplicando mis ojos, oídos y hasta el olfato. Me detengo en una tienda, de esas cuyo nombre empieza y termina con “o”, y tiene por ahí unas xx en medio. Compro una hielera (nefastas!) de hielo seco, para llevarla a mi primer escala ya que la necesitaríamos después.

Primer detalle, aunque le puse la parrilla a la bici, olvidé los lazos elásticos con los que se supone iba a amarrar la hielera, segundo detalle; con el clásico “tatanka todo lo puede”, se me hizo fácil tomar la hielera con mi mano y como venía en bolsa pues no vi mucho problema llevarla agarrando junto con el manubrio… arranqué…

Un par de cuadras sin problema, estoy a no más de 10 cuadras de mi destino… empiezo a sentir algo raro con la hielera, se mueve más de lo que pensaba, retiro mi mano un poco más hacia el extremo del manubrio y salvo el momento… se me hace curioso, ¿cómo se mueve tanto? por lo mismo que viene vacía, el material del que esta hecha, y yo que voy tomando un poco más de velocidad. Veo que se mueve más y todo se alinea… la hielera se mueve hacia el cuadro de la bici, mi rodilla queda en el lado externo de la hielera y, lo que siguen son conjeturas mías… con mi propia pierna empujo la hielera hacia la llanta, yo sin soltar la hielera provoco que la llanta se atore en seco y provoco salir volando de frente sobre el manubrio… creo.

Me veo cómo desde fuera de mi por un instante, cómo si viera a través de una cámara colocada arriba de mi casco, ya no cayendo, sino levantándome “en infinitum” ya que iba circulando por Av. Tepeyac. Ahora, un efecto de succión visual y ya no me veo a mi mismo desde fuera, ahora veo el rostro de dos personas, un señor de mediana edad y un joven que me ven y me dicen: “¿Estás bien?… ” – si estoy bien, ¿cómo me veo?- atino a responder. “Sólo tienes raspones, pero si estas bien?” – Si, algo aturdido, pero muchas gracias. – contesto.

Agradezco nuevamente y veo que aún tengo sostenida la hielera, la solté en algún momento?, reviso que aún tengo mi mochila, el celular, el casco…todo en su sitio al parecer… Entonces retomo la ruta, pero a las dos cuadras siento algo líquido rodar de mi nariz hacia mis labios, y no, no es vino tinto… me limpio con el dorso de mi mano y veo ese bello color rojo de la sangre… hago a bien detenerme en la siguiente esquina y es cuando empiezo a preguntarme:

“Uhm, ¿qué hago aquí? (y no, no es la pregunta clásica del adolescente)”, veo al fondo el puente atirantado pero “no logro identificarlo”, es cuando digo, “uhm, algo no esta del todo bien”, “¿por qué la bici?, ¿a poco si puedo guardar la bici en el colegio?”, chale, y siguen mis preguntas: “¿a qué colegio voy?”, volteo a la esquina de la casa que tengo a mi derecha, y veo Av. Tepeyac, ah! ok, ya se dónde estoy, el edificio de la izquierda, “si estaba ahí?”…

Es cuándo afortunadamente, mi orgullo huyó despavorido y llegó la sensatez, toqué mi teléfono, “tengo que marcarla a Sofi” (mi esposa). “No te hagas el valiente, estas sangrando de la nariz y estas desorientado, aparte ella esta ahí en el colegio a donde vas.”

Marco, me contesta, y con toda la tranquilidad de que soy capaz en mi intranquilidad, le comento que me caí, que estoy bien, pero que lo mejor sería si puede ir por mi, porque si me desorienté. Cuál ángel sanador, llegó por mi, subimos la bici al carro y nos enfilamos al colegio… ¡ah si! la hielera se rompió…

Ya en el colegio, uno de los maestros es doctor y me revisó; escoriaciones, en antebrazos, golpes en pantorrilla izquierda y muslo derecho (¿por qué? no se), raspones a un lado de la nariz, barbilla y entrecejo (seguramente este último provocado por el casco que hacia su trabajo). Una leve conmoción, que amerita reposo y observación en casa…

Y aquí estoy, contento de poder contarla, por saber que tengo a bellas personas a mi lado, mi gran compañera presta a apoyarme y cuidarme. En casa, reposando y recuperándome. Aprendo la lección: no cargues hieleras de hielo seco agarradas con la mano mientras ruedas, no te hagas el “tatanka todo lo puede”.

Les debo las fotos, cómo se imaginaran, no tuve tiempo para eso.

Y luego de que me recupere… a rodar!

Ro

Al mirador de Techaluta y de regreso…

¿Cuántas veces habré ya rodado estos caminos y terracerías? He cruzado estas colinas y estos valles muchas, muchas veces… y cada vez es como si fuera la primera vez!!!

Tomo mi bicicleta, me impulso a mi mismo en los pedales y tan solo dejo que el camino me lleve hacia adelante, más allá de mis deberes urbanos, lejos de los falsos dioses. Al principio, mi cuerpo protesta por empezar a moverse, mis músculos se quejan por el esfuerzo que les estoy pidiendo, pero pronto es mi alma quien toma el control y me lleva a mi propio ser a otro nivel de vida.

¿En dónde estoy? Estoy en los alrededores de Atemajac de Brizuela, un hermoso pueblo cerca de Guadalajara y afortunadamente uno que todavía esta escondido para los turistas. Aquí pueden encontrar todavía una forma genuina de la manera de vivir en los pueblos y villorrios de la región sur de Jalisco. Viejas casas de adobe, calles todavía empedradas, y la gente del pueblo compartiendo su vida entre las fiestas religiosas (y tienen muchas) y el preparar o trabajar las tierras de cultivo así como ordeñando vacas o llevándolas a pastar.

El tiempo parece haberse detenido aquí. Todavía hay gente que prefiere seguir moviéndose en caballos entre los ranchos y algunos de nosotros aprovechamos para rodar en bicicleta utilizando esos caminos rurales, algunos de los cuales nos llevan a ascender a las cimas de las montañas o tomar buenas bajadas desde las colinas a alguno de los valles que cubren este espacio de mi tierra y mi tiempo.

Esta vez, yo inicié  mi rodada en Atemajac de Brizuela y fui al mirador de Techaluta (una rodada de unos 16 kms). No estoy seguro de poder plasmar lo que vi en el trayecto y los sentimientos que surgen cuando contemplo estas hermosas vistas. El mirador es un de los puntos más altos en estas montañas y puedo ver las lagunas secas de Sayula y San Marcos. Y más allá en el fondo de esta postal, en lo más lejano de mi vista, veo al más alto guardián  del oeste, “El Nevado”.  Es mi testigo silencioso de que llegué, y pareciera estar sonriendo en honor al esfuerzo de mi cuerpo y de mi alma, que llegaron hasta aquí luego de casi 2 horas de pedalear entre pinos y encinos, cruzando planicies donde las vacas pastaban y en donde pequeños conejos silvestres regresan espantados a sus madrigueras luego de que los sorprendiera a mitad del camino rodando sobre mi bicicleta.

Ro