Rodando Mi Tierra

el horizonte es el límite

Archives marzo 2018

Explorando entre pasado y presente

Sábado, amaneció hace un par de horas, pero hoy confié en que el sol no requiriera de mi presencia para empezar su andar cotidiano. Me preparé tranquilamente. Revisé mi ropa para rodar, me unté de esa crema que se supone incluye bloqueador solar, por aquello del exceso de vitamina D en estos lares. Llené mi ánfora y preparé algo de naranja y manzana para la hora del “snack”. Ya listo, reviso por última vez mi bicicleta y me lanzo a la calle para tomar camino hacia las montañas cercanas. A mi aventura de exploración. A saber si realmente puedo rodar sobre los lomos serranos y enlazar con otras rutas que me han contado que cruzan por allá arriba.

Tomo la avenida y comienza el ascenso, sereno y constante hasta cruzar el periférico, en dónde abruptamente se eleva la pendiente… la habremos pavimentado, pero debajo sigue la montaña cobrando la osadía de querer llegar a su cima.

Avanzo un par de kilómetros hasta donde la insaciable huella humana deja paso a la simple piel terrosa de las montañas al sur de este valle. Y la pendiente no cede, sigo volteando hacia arriba y ahí sigue el camino, pero ahora sembrado de piedras que me evitan rodar y tengo que poner pie en tierra y honrar la vereda con mi caminata ahora siendo yo quien carga a mi fiel alumínica.

La fiel gris, a pleno sol, en espera de seguir la ruta exploradora

Luego de breves interludios “pie a tierra” y otros tantos a rueda coroné una cima, que me dió una perspectiva de esta laboriosa ciudad en la puerta al altiplano. Y llegó la disyuntiva; aventurarme a la búsqueda de la ruta que me llevaría a la cañada del lobo (que ya conozco) o tomar la vereda que apunta a mesa de conejos. Para no apresurar la decisión, decidí hacer “la hora del snack” y tomar algunas fotos “pa’l recuerdo”.

Amplitud de tierra y de pensamientos

Después de la rehidratación y de las tomas fotográficas, enfilé por una vereda muy bien trazada y rodable!… al menos por los siguientes 2 a 3 kilómetros fui disfrutando de una rodada si no apacible, bastante tranquila. Exigiendo concentración a cada pedaleo pero disfrutando de un sol en pleno que era amortiguado por un viento fresco. Ahí me topé con algunas florecillas que crecen entre rocas, nopales y yacas. Coincidió con un trastabillo al pasar sobre una roca suelta, así que me detuve a contemplar como en su sencillez mostraban su valentía y su fortaleza estos pedacitos de color entre el paisaje árido que las rodea. Sin hacer mucho alarde lucen como pocas en estos caminos de dios, donde el ruido de la ciudad no llega con facilidad, donde pocos humanos se aventuran, ellas son las dueñas del páramo, y se regodean silenciosamente en el entorno, siendo claras elegías a la vida que no deja de desbordarse de manera tan apacible y contundente que simplemente me hacen honrarlas con lo que puede ser esta breve toma intentando hacer justicia a su belleza y sencillez…

Luego de esta breve parada, continué como les comentaba, unos dos o tres kilómetros por esta pradera seca, deslumbrante y apacible hasta que empecé a bajar la montaña y acercarme a uno de los nuevos fraccionamientos de San Luis Potosí, llenos de árboles, prados verdes, que no me parecían muy “locales” para el clima y la geografía de la ciudad, pero bueno, capaz que está construido sobre o cerca de manantiales y ojos de agua y no se trata simplemente de arrogancia humana que gasta lo que no tiene para querer forzar a la naturaleza a ser algo que no es.

 

 

En fin, en el transcurso de mis disertaciones filosóficas-ecológicas, llegué al punto en la ruta en que por seguridad y las ganas de poder seguir rodando, puse pie a tierra, para no verme forzado a caer por la fuerza de la gravedad y la complicidad de piedras (filosas) sueltas y evitar que un par de borricos pudieran armar escándalo y contar como un “extranjero” en esta tierra mordía el polvo…

Caminé unos 15 o 20 minutos, del lado “externo” de los fraccionamientos de lujo, por una vereda de caminantes, pasando algunos charcos sucios, que no quise averiguar de donde provenían y algo de la inconfundible basura humana hasta llegar a mesa de conejos… lo siento amore, no vi conejos, sólo unas cabras que estaban podando algunos setos. Ahí no había otra que tomar carretera, hacia la entrada a San Luis Potosí, afortunadamente había un pequeño acotamiento que me permitió rodar con relativa seguridad de regreso a la ciudad hasta tomar el periférico y llegar al parque Tangamanga I. Ya a unas cuadras de mi destino, pero decidí que todavía podía rodar algo para compensar las caminatas allá atrás, así que me dirigí al parque y rodé por algunas de sus alamedas, y sus veredas hasta llegar a las canchas de béisbol… pero hoy no había partido, así que lo tomé una señal para completar mi ruta y dirigirme al departamento, para velar armas y esperar la rodada dominical.

Ya supe lo que me espera para la próxima subida a esas montañas, porque ahora me tocará buscar la mejor ruta a la cañada del lobo… a rodar!!!

Bajo el sol

Por un momento me vi así. Simplemente ahí. Sin ruidos de la ciudad, un aire fresco que no se parecía mover. El sol en todo su esplendor ahí arriba. Viéndome simplemente ahí. Yo estaba esperando a los demás que se habían detenido creo que ha tomar algunas fotos. Y Manuel allá adelante esperándonos a todos, apenas y se podía ver a lo lejos, y eso que no había más que algunos arbustos muy separados, y rocas, muchas rocas. Grandes, chicas, mínimas. Sólo había algo que lo dominaba todo, el sol. En su magnificencia. Era esa luz informe color blanco delante del fondo azul más intenso que había visto en mucho rato. Y dejando caer mi mirada ese azul se acaba de pronto en el café de la tierra seca. Aunque seca, esta viva, con esos tercos matorrales que voluntariosos siguen vivos e impasibles bajo ese radiante e incansable sol. Y así hemos de emularlos, porque no entiendo otra razón por la que sigamos rodando y disfrutando de estas veredas adustas, secas pero vivas. Llenas de la vida que le dan nuestras piernas y nuestro sudor sobre el camino, que no deja huella, porque se evapora a los segundos de tocar el suelo, o quizás se sumerge rápidamente para escapar de la mirada implacable de este sol que nos acompaña, nos goza y nos permite gozar… una rodada más.

 

 

La primera con los Lizzards

Domingo, ya amaneció hace un rato y nos estamos preparando para rodar. Bajo mi bicicleta y me presento con los primeros que ya llegaron al punto de reunión. Aunado con las emociones que ellos traen para esta rodada, quizás una vez más en los últimos meses, traigo yo la aventura de recorrer un camino nuevo, conocer a otros amigos. Si, sobre las rilas no hay conocidos. Creo que por la misma naturaleza de lo que hacemos, cuando nos armamos en pelotón y empezamos a pedalear, ya somos más que simples conocidos. Estamos compartiendo algo de nosotros mismos con los demás. Para empezar el tiempo, luego las experiencias, los tips. Y conforme van pasando los kilómetros unos van compartiendo trazos de sus vidas, el agua y los snacks. Creo que eso no los hacemos con los “conocidos”.

No me sé aún los nombres de todos los que rodamos este día, injusto sería decir sólo los que pude memorizar. Pero como puso quién me invitó, el Harim, vámonos rodando con los Lizzards. Rodamos hacia las afueras de San Luis Potosí, en dirección al oeste, ya me iré aprendiendo las colonias, los pueblos, los arbustos (aquí casí no hay árboles) significativos, así como el árbol de Torre 3 o el árbol de la mosca, allá en el lejano bosque la Primavera…

Lo que si supue es que cruzamos el periférico, y posteriormente, pasamos por debajo del libramiento poniente para pasar junto al iglesia del desierto. Literal, solo la iglesia. De ahí subimos al árbol de la vida, según me dijeron… un arbusto único en el paraje. Luego nos llevaron por una bajada “mamastroza”, todavía no se bien el significado de esto, aunque no auguro nada bueno. Rodamos como pudimos unos metros y caminamos o piedras brincamos el resto.

Los Lizzards, y ahí atrasito el “arbol” de la vida…

Estas veredas de dios, porque su majestuosidad no se puede ocultar…

Pero ahí no acababa la rodada, nos esperaba otra subidita, nada facilita. Una brecha que se escondía debajo de piedras que parecen caminar justo cuando vas a pasar sobre ellas.Pero a cada trecho difícil le sigue otro no tanto, y que te regala la oportunidad de hacerte uno con el camino. Porque sólo así vas a poder rodar, hay que hacer a un lado la soberbia y altanería, hay que ser humilde y sencillo con el camino… no es pasar sobre las piedras, es hacerte como ellas y en su sabiduría, no pelear con los elementos, simplemente mimetizarte para bajar por donde baja el agua (cuando llega), o acariciarlas como lo hace el viento, para no molestarlas y simplemente aprovecharlas para que ellas te impulsen al siguiente tramo del camino… 

Y luego ¡kaboom! El camino desaparece debajo de mis ruedas, y no queda más que pedalear con más empeño que técnica, no cansa la inclinación sino la multitud de mini-topes que conforman las piedras, una tras otra, una junto a la otra. Rendí tributo al pedregal y puse pie a tierra. Caminé los últimos metros aunque tuve ánimo para la pose para la estampita!

Luego continuamos subiendo un poco más, con menos piedra pero más inclinación, y más sol. Para por fin hacer parada de snacks a pleno rayo de sol y otro miembro de la comitiva, dando tributo a la montaña con un buen tallón y golpe en la espinilla, verdad Harim? De esos de no lloro, es una basurita en el ojo…

Luego de reponer energía y líquidos vino la oportunidad de soltar el pedal -que no el freno – porque aquí las bajadas son igual o más difíciles que las subidas, y disfrutamos de una bajada que nos encaminó a la última parte de la rodada. Me comentaron que fue recorrer los tramos de una pista, aunque no pregunté cuál. Pero igual fue estupenda para terminar de gastar mis reservas, endurecer mis pantorrillas, las muñecas y mis hombros en las mini-subidas y las bajadas con mini-drops sobre piedras tipo cánica.

Yo tomé la salida junto otros 3 del grupo mientras los demás se aventaron una última subida y su consecuente bajada. Yo me esperaré a la siguiente rodada por ese rumbo, no llevo prisa y esta bien ir poco a poco aclimatándome al terreno, a las montañas, a los cerros y así humildemente ir pidiendo y ganando su permiso para rodar a través de ellos!

Ya la cereza del pastel, fueron más bien unas gorditas (Chicharrón ry huevo rojo) en el puesto de la sra. Gloria, con una cervezas frías para ir hidratándome de nuevo, claro si no para que otra cosa…y así poder llegar sanos y salvos (salvo algunos raspados del grupo) nuevamente al punto de arranque en los alrededores del parque Morales… bienvenidas cómo estas y como aquella por Capitan Cladera y el cerro de San Pedro (con pollito y cervecita) nos hacen querernos quedar por un buen rato en San Luis Potosí … a rodar!

Aqui la ruta…

Conociendo Cerro de San Pedro

De repente pudieran parecerse los caminos entre una tierra y otra. En esencia son la misma base. Veredas trazadas por incontables pasos, por sin número de recorridos antes de que nosotros pasemos. Lo que les da vida y anécdota es el que seamos precisamente nosotros los que pasamos por ahí en un determina momento. Y también con quién los recorremos.

El sendero que es terroso, espinoso y a veces pasa factura, cómo en esta ocasión que le cobró a una de las compañeras de rodadas y obligó a que el grupo nos detuviéramos unos minutos para reparar la llanta. No son momentos desperdiciados, son oro molido para reforzar los lazos en el grupo, completar el paso de información (es decir, los chismes) y recordar o renovar las anécdotas que recordamos con el incidente en cuestión.

 

 

Luego de un rato de estar rodando entre cáctus, tierra seca, piedras que parecen caminar durante las noches y colocarse en el punto más estratégico para que nos recuerden que hay que estar atentos al camino, llegamos a un pequeño poblado, que fue una parada de reabastecimiento.

Continuamos otro trecho en avanzada Ricardo y yo hasta que decidimos que había que esperar a los demás. Una bifurcación que para estos ojos novatos parecía como cualquier otro punto en el trayecto, aunque aquí había silenciosas cactáceas gigantes que me observaban con curiosidad, quizás porque mi bicicleta aún olía a polvo de otra tierra, de otros cerros, de bosques un poco más sombreados.

Continuamos la rodada y me seguí maravillando con la majestuosisdad de estos parajes abiertos, horizontes lejanos, cerros cubiertos no de los árboles a los que estoy acostumbrado, sino a tachones de arbustos y mezquites, de cáctus de todos tamaños y formas, y ahí en medio se ve esa delgada línea de tierra apisonada que sólo el abuzado puede encontrar para poder seguir y llegar al siguiente pobaldo, Capitán Caldera.

Reagrupamos nuevamente y decidimos armar dos grupos, los que nos anotamos a tomar carretera, y los que se aventuraron a atacar de frente el cerro que domina el poblado para vernos del otro lado luego de una bajada llena de adrenalina por un sendero de tierra blanca, piedras móviles y polvo que levantábamos al bajar hacia Cerro de San Pedro, la cuna de la ciudad de San Luis Potosí.

Así fue mi primera gran rodada por estás tierras… 35 kilómetros que se conviertieron en 50! No cabe duda que el lenguaje entre los ciclistas montañeros es el mismo en todos lados así como éstas “mentirillas” sobre todo cuando hablámos de distancias, jeje

Pero son “minuencias”, que bien se pasan sobre todo al ir conociendo a nuevas y nuevos amigos de rodadas y vamos comprobando que somos todos tejidos con los mismos hilos, rodemos donde rodemos, en la montaña boscosa, en la selva tropical, a nivel de mar o en estas latitudes semi-desérticas. Un biker es un colega, es un amigo, es alguien a quien confío mi vida y mi rodar ya no sólo durante esos minutos u horas de rodada, sino se convierte en un apoyo para los antes y después, sabiendo que padecemos todos de esta hermosa locura que es rodar!

Ro