Rodando Mi Tierra

el horizonte es el límite

Archives agosto 2018

Apa subidita

Si de por si, esta ruta es exigente. Que sus veredas estén llenas de piedras, piedritas y piedrotas nos hacen agitarnos un poco más. Rodar en estas brechas y caminos me enseña que puedo encontrar una forma diferente de administrar mi esfuerzo.

Como en esta subidita que les voy a platicar. Vas sintiendo, más que viendo la inclinación ya que conforme avanzas se va haciendo más pronunciada. Voy enfocándome más en el trecho más cercano a mi rueda delantera. En parte para no abrumarme con lo que falta y en parte para calcular exactamente por dónde circular únicamente en la siguiente rotación de las palancas. 

La subidita, vista desde arriba, uno viene desde la izquierda…

Tengo que estimar, o apostar mejor dicho, si es que en el siguiente lomito me levanto en palancas o me sigo sobre el sillín.

Empujo y jalo a la vez los pedales y siento como la llanta trasera se derrapa!!! No te levantes! sigue sentado, pero controla el pedaleo, demasiada fuerza y derraparás más perdiendo la incercia, poca fuerza y no tendrás impulso para sortear el siguiente metro hacia adelante. Tiene que ser el impulso justo para que la llanta recobre tracción, se “agarre” de las piedras y el polvo, y recupere a la vez el impulso perdido por el derrape… bien! aquí seguimos … sube que sube…

El último lomo, ah! cómo no!

Luego de varios minutos que se me hacen eternos, veo al Rich ya esperándonos en lo que parece el final de la subidita esta… agarro aire, me acomodo en el sillín (ya vi que no conviene levantarse en palancas) y enfilo hacia la última curva a la derecha, a la que le sigue una recta con más inclinación, corta, pero alfombrada de piedras (ah! como les encanta a las piedras llenar estos caminos de dios!)

Inicio la trepada, lento, y siento que la llanta trasera derrapa, sigo avanzando, un pedalazo tras otro, otro derrape!, veo una piedra algo más grande, como una pelota de beisbol, y como imán, en lugar de sortearla paso rozándola con la llanta delantera pero la trasera va directito a ella y me frena, mis piernas no dan y el manubrio se ladea, logro desengrapar y estoy parado… agitado, respiración entre cortada, un “aaaargghh” en la garganta apunto de salir, pero no lo dejo…. lo cambio por un “va otra vez!”

Bajo de nuevo al punto exactamente iniciando la curva, en donde aprovecho un descanso del camino y me enfilo de nuevo hacia la subida… algo tengo que cambiar para lograrlo…

va de nuevo!!!

Arranco!, manubrio suave, pedaleo rítmico, agacho mi cuerpo, el corazón bombeando a todo lo que da, casi casi cerrando los ojos, y confiando en mi bicicleta; “ella encontrará el menor camino…” y cambio algo… sin llegar al payasito, acelero, pero no es sólo por la velocidad sino para imprimir fuerza al rodado… voy subiendo, y en ciertos momentos logro jalar manubrio para pasar sobre piedras y no perder impulso… voy, voy… subo y llego al descanso!! lo logramos… no fui yo solamente, fuimos mi rila y yo, y todos… años de ejemplos, consejos, esfuerzos… apa subidita!

Ah! y no era el final, de la subida, todavía faltaba seguir subiendo, pero por el momento, con esto basta por aquí!

Voila!!!

Entre piedras y arena, subidas y bajadas…

Una vereda bordeada de yerba. Avanzo por la brecha, se que es el inicio de una pista, aunque no puedo ver para donde va. Así que simplemente pedaleo y de improviso, me encuentro con una bajada de vértigo, seguida por  una cerrada curva a la izquierda. Y si. Ese fue el inicio de la pista, y estaba tan entretenido tratando de no caer y a la vez descubrir como superarla, que no tomé más fotos. Ya me tocará volver para obtener una más detallada reseña gráfica.

Por lo pronto, puedo decir simplemente que fue paladear nuevamente mis inicios en el MTB. Yo sabía que era una ruta que tenía buenas bajadas, que no era tan larga, que tenía unas trepadas que tampoco eran largas pero si demandantes. Era una pista de Cross Country (XC). Que por lo general tienen una longitud de entre 5 y 8 kilométros y simplemente para las competencias, uno necesita dar X número de vueltas de acuerdo a su categoría. La primera vuelta siempre es eterna, vienen curvas que no sabes cuanto duran, bajadas que no esperas y subidas que esperas que terminen.

El miedo y la adrenalina adrenalina se mezclan en una capa de incertidumbre que me hace recordar esos primeros días en que salía al bosque y ni siquiera sabía como cambiar las velocidades. O cuando en una bajada sentía que mi cuerpo se iba para adelante y casi me veía salir volando por encima del manubrio. O como aquella vez que iba en una lateral y al “banquetear” me topé de imprevisto con un agujero de tierra y mi llanta delantera se “clavó” produciendo el típico “campanazo” y por que salí volando hacia el frente en una perfecta marometa terminando sentado en un pedazo de yerba seca…

Pues así, esa misma sensación de vacío en el estómago, de vértigo, de sentir cómo se aflojan los brazos, y se tensan los hombros, así sentí varias veces al ver una bajada y dejarme llevar por ella, escuchar la llanta trasera derrapar y simplemente dedicarme a balancear mi cuerpo para no salir volando en la curvatura.

Pero una vez terminada la vuelta, y revisar en mi mente lo que bajé, lo que subí, lo que crucé, la curva que me estaba ganando, la recta en que sentí que se me iban los pedales, la presión cuando escuchaba que mi compañero casi muerde mi llanta o cuando yo iba viendo como se iba alejando mi predecesor en la pista… al final todo eso se convirtió en un amasijo de recuerdos, en una bocanada de oxígeno para mi espíritu. No correré la carrera, pero a cómo disfruté recorrerla pista. A mi paso, con mis tiempo, con mis propias metas y mis propios logros en ese pedacito de montaña y de pradera, de arbustos, de espinos, de piedras y arena.

Dejandome guiar

Rodando empecé el domingo.

De esos días en que es a ti a quien sacan a pasear. Mi bici y la ruta se fueron dibujando enfrente de mi. Como los juegos de vídeo en primera persona. Yo iba viendo únicamente los metros delante mío, se acercaba una bifurcación y sin saber mucho cómo, ya había tomado una dirección y seguía rodando.

Así entre en el parque Tangamanga y tomé el camino de la llamada “Oreja”, para luego salirme del pavimento y seguir por la vereda que va más pegada al perímetro del parque. Pasé lentamente a lado de un gran sapo que pesadamente cruzaba el sendero y se ocultaba en un mechón de pasto. Pase junto a un trío de corredores que estaban entrenando, no piensen otra cosa.

Y pronto me ví saliendo del parque por una de sus entradas secundarios hacia la colonia Balcones. Ahí me encontré con Ernesto, hacia varias semanas que no coincidíamos en las rodadas y ahora casualmente nos encontrábamos. Antes de ponernos al día, las preguntas del ciclista:

– ¿A dónde ruedas?

– uhm, en eso ando

– Cañada del lobo

– suena bien!

Y así, sin tanto más, nos enfilamos hacia la cañada del lobo. No más allá de tres kilómetros creo, ahora siendo más de uno hasta más seguro pasar por las colonias que bordean el periférico de San Luis Potosí, que como en cualquier otra gran ciudad, mejor ir acompañado.

Sin casi pensarlo, ya estábamos bordeando la presa de la cañada del lobo y sin tener una ruta fija simplemente seguíamos por donde las bicicletas nos iban marcando. Fuimos acercándonos a la subida imposible (los reto). Es una subida que creo que ya no merece el nombre de terracería, es un camino para cabras (y creo que habría más de una que se tropezaría). Aquí si que las “las piedras rodando se encuentran” como diría el Tri. Me pregunto a qué hora salen los gobblins, o los gnomos y duendes que cada vez que paso por aquí, pareciera que crecen, se mueven de lugar y rellenas los espacios que antes uno habría podido rodar.

En fin, hicimos uso de la humildad y nos bajamos de la bicicleta para sortear casi toda la subida. Ya en el llano “de arriba” el camino se facilita, pero no es una perita en dulce, no descansas, tienes que estar concentrado y seguir esforzándote para mantener el equilibrio sobre la rila. Ahí en el camino fuimos haciendo ruta y pasamos sobre la pista “Chavitos” pero nos seguimos hacia el Peñasco (si, otro Peñasco, no ese otro, ni aquél). Lo pasamos y llegamos hasta el punto en que se ve la presa de San Antonio (si recuerdo el nombre). Ahí iniciamos una bajada corta hasta las casas que no son casas. Dos cuartuchos que sepa en dios para que era, igual ya están desbaratándose. Ese fue el punto que marcó el medio de nuestra ruta y luego de una foto “pal recuerdo”, emprendimos el regreso.

NOTA: Y si, la foto fue para el recuerdo, porque ya no la encontré en mi celular, jeje.

Fue un poco más ágil, en lugar de pasar caminando ahora la bajada hacia la presa de la cañada de lobo, casi todo el tramo, creo que lo rodamos unas dos terceras partes, ya que la bendita gravedad nos empujó un poco para pasar algunos escalones y no les dimos tiempo a las piedras de moverse para estorbarnos.

Regresamos al periférico y pasamos nuevamente las colonias marginales hasta el punto en que Ernesto tomó rumbo a su casa y yo seguí, volviendo a entrar al parque Tangamanga y salir por dónde había entrado hacia un par de horas. Disfrutando un aire fresco que se combinaba con el sol que llegaba a su cenit. Y recordando las lecciones de este día: De vez en cuando uno puede dejar que la ruta se descubra por sí misma, y la humildad en lo que hacemos bien nos puede llevar más lejos de lo que creemos. Y tanto sólo como acompañado, rodar es una oportunidad de seguir disfrutando la vida!