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Discernir

Venía hoy caminando de regreso a casa, luego de acompañar a Sofí a su oficina para recoger su computadora, porque esto del COVID-19 sigue en apogeo. Bueno, ya decía que veníamos caminando, por la banqueta de sombra, porque el sol en San Luis Potosí es inclemente con quien se atreve a encararlo. Y a lo lejos se veían claritas la montañas que comparten la frontera con Zacatecas, “hasta más cerca se ven”, dijo Sofí.

Con todo este lío del virus, las salidas largas se me han negado. Entre que si hay que tener cuidado, entre que no quiero sentirme irresponsable, no sé. Creo que es un claro reflejo de los tiempos estamos viviendo. Noticias por la tele, por el radio, y no se diga… por todo el espectro de internet y redes sociales, canales youtuberos pseudo-científicos, amarillistas o simplemente bots de gobierno o aarquistas, todo el arcoiris noticioso que nos llega como una marea alta y con luna llena, para acabarla de batir.

Creo que todo aquí se puede resumir en una palabra… Discernir.

Llegar a escarbar con la profundidad necesaria para encontrar las noticias que realmente tienen raíz y sustento, escuchar a todos, pero filtrar lo que oímos en base a nuestra pura sabiduría sembrada y cuidada durante toda nuestra vida. Sazonar las noticias no con otra cosa que nuestros valores, y los valores que sabemos que ayudan al desarrollo de nuestra comunidad y la sociedad. Al final, por si solos se desvanecen las teorías conspiracionistas irreales, y las pavadas de irresponsables, cabecitas de algodón, y con algodón en la cabeza.

Y claro, discernir es algo que he cultivado durante mis años rodando mi tierra. El ciclismo te enfrenta de cara con el discernimiento. En cada ruta vas aprendiendo a verlo, a valorarlo a confiar en él. Tienes que descubrir cada elemento, cada factor que se involucra en una decisión que has de tomar, desde el “salgo o no salgo?”, “manga corta, manga larga? Chamarra, chaleco, camiseta?”, “hoy ruedo por aquí o por acá?”, “ataco la subida o la subo tranquilo?”, “fuerza o cadencia?”… “era por la izquierda o por la derecha?”

Muestra irrefutable de que el ciclismo es para mi no “algo más” en la vida, es parte de mi vida, y no rodar, es como no tomar una medicina, como no hidratarme por completo. La bici me nutre, me alimenta, me enseña a sortear estos momentos de la vida en que el discernir, nos hará salir indemnes a la emergencia, valorarla en su justo tamaño y colaborar en la justa medida para que la sociedad, o al menos mi comunidad, aprendamos algo bueno de todo esto, valoremos y sigamos creciendo entre todos y cada uno… así que a discernir, que mucho podemos aprender.

Ro

Cuarenta y nueve

Cuarenta y nueve inviernos… Sí, nací en invierno. Posiblemente por eso me gusta más el frío que el calor.

Y un ritual que estoy siguiendo, es encontrar o armar una ruta que sea del número de kilómetros igual a la edad que estoy cumpliendo. No recuerdo cuándo empecé, pero lo bueno es que lo he podido seguir logrando los últimos cumpleaños que recuerdo. Y si me paso, no hay problema, la cosa es llegar al número mágico del año alcanzado.

La Perrona, en Atemajac de Brizuela, sierra de Tapalpa, Jalisco, México. Un bosque mágico. No recuerdo mi primera rodada en esas montañas, en esos caminos, sendas y veredas. Fue hace unos doce o trece años atrás, que fui con los Tequila Bike y descubrí que el ciclismo de montaña ensanchaba mi horizonte, me hacia descubrir bellezas naturales y me enseñó a compartir con amigos y conocidos momentos y aventuras. Aprendí a tener amigos a través de rodar la bicicleta.

Y esta vez la rodamos nuevamente, un amigo presente, Marcos y muchos más en espíritu, en recuerdos, en anécdotas. Fue como habernos visto la semana pasada o hace dos si acaso. Pareciera que el tiempo se comporta diferente cuando eres ciclista. O será que las amistades adquieren cierta amalgama que las mantiene fuertes y sanas aunque pasen meses y se interpongan las distancias entre quienes alguna vez compartieron una o varias rutas en los cerros, las colinas, los valles, las calles…

Postales arrebatadas a paraísos naturales que no le piden a ningún otro en cualquier otra latitud…

Esa subida arrebatadora al inicio me hace llegar a mi límite de pulsaciones muy temprano, y rebaja mucho del efecto del pajarete que me tomé hace sólo unos minutos. Ya la pavimentaron, pero no por eso deja de ser exigente. Llegando a la primera cima, puedo seguir charlando con Marcos. Mucho para ponernos al día, pero queda mucho trayecto aún…

Empieza la subida tendidita que nos llevará hasta el mirador, arriba de Techaluta, a la cruz del ermitaño, que domina las lagunas secas de Sayula y San Marcos.

Entre la bruma de una mañana húmeda, el guardían del sur… Nevado Colima

El valle de San Francisco nos recibe y surcamos el camino el camino. Lo han emparejado un poco, pero siguen esos tramos pedregosos que piden atención a cambio de no terminar derrapando a la orilla del camino, o embarrados de un poco de abono natural y recién depositado por alguna de las vacas que nos miran sin mucho interés. Cruzamos el pequeño arroyo que alimenta el vaya y comenzamos la siguiente subidita… cortita pero quita-aire que nos lleva la mini-puerto de la piedra balanceada.

Allí semi-escondida en los arbustos, arriba a la izquierda, la piedra balanceada, en este puerto falso que sólo nos da un poco de aire para poder seguir subiendo…

Pero es un puerto falso porque nos falta subir otro tramo hasta llegar, ahora si, al puerto del single-track de las costillas, como pudiera bautizarlo el Panda. Este es un single track de adrenalina pura, nos hace bajar a toda velocidad hasta el poblado de Juanacatlán, que esta a pie de carretera, entre Tapalpa y Atemajac de Brizuela.

En las entrañas del single-track… a la mitad de la montaña… viene ahí mi compañero de rodada, Marcos, a toda velocidad…

Pero antes, hemos de sortear, raíces, tramos de piedra suelta, lodo negro, troncos atravesados, arcilla roja, laja y finalmente terrenos conquistados por las berries. Aunque han tapizado de plástico el horizonte, quedan espacios que dejan ver el otrora hermoso valle verde, amarillo y marrón de Juanacatlán. Esperemos que la familia del gobernador en turno termine pronto, se vayan y permitan recuperar la tierra pérdida de este valle.

La fiel, aquí mientras acomodamos el sillín, para no salir volando tan fácil… jeje

Pero nosotros seguimos nuestro camino y nos volvimos a adentrar en el bosque, flanqueados por hermosos y majestuosos pinos, cabañas escondidas y algunos campos sembrados de flores y maíz, para llegar al arroyo que hemos de cruzar y es la marca inequívoca de que vamos bajando a la presa de Ferrería de Tula.

El Valle de Ferrería de Tula, rincón escondido, esperándonos desde hace miles de años sólo para vernos pasar…
Majestuosos árboles que velan nuestro paso
Ferrería de Tula, no pasen la voz, la verdad queremos que siga así y nos espere para cuando podamos mudarnos ahí …..

Casi punto final de nuestra rodada. Punto justo para tomar el último aire, hidratarnos, y tomar fuerza para sortear los últimos kilómetros que nos separan de nuestra meta personal; Atemajac de Brizuela.

Árboles, pastos invernales, nubes pasajeras, lienzos perennes, arbustos y pequeños animales escondidos, nuestros testigos y las porras casi al final de la ruta…

Varios columpios, el cruce de otro arroyo, el sonido de los cuervos que nos escoltan, el rumor de los árboles al ritmo del viento, las miradas ahora más emocionadas de las nubes que nos ven acortar la distancia mientras nos perdemos en los últimos túneles arbóreos y salimos a la carretera para rodar los últimos metros hasta culminar los planeados 49 kilómetros que hacen honor a mi recorrido por esta tierra, que me permitieron compartir una vez más con mi amigo la ruta, la experiencia, la vida.

Y no sólo con Marcos sino con todos los que de una forma u otra han formado parte de mi andar -y mi rodar – por estos lares estos lustros, estas décadas. Subidas costosas, bajadas emocionantes, caídas y resbalones, y también llegadas truinfales al final de una etapa. Éxitos, aprendizajes, tramos perdidos pero la final recuperados y resignificados, para hacer de este recorrido, una gran vida, mi vida, que sigue y seguirá mientras el horizonte siga ahí.

A rodar!

Arranca 2020

Aquí estamos mi bicicleta y yo. Seguimos rodando mi tierra. En un estado o en otro, en una ciudad o un pueblo, en el desierto, la ciénega o la montaña. En la vereda, el sendero, el empedrado o el pavimento; rodando ando…

Estamos iniciando el año y muchos propósitos se amontonan queriendo ganar mi atención y más que nada mi voluntad para llevarlos a cabo. Yo creo que como cualquier otro en este hemisferio, estos primeros días, el cliché es hablar de los propósitos, es correr al gimnasio, a comprar lo natural, ir al templo, etcétera, etcétera, etcétera…

Vayámonos a rodar que los caminos están esperando. No esperes a que las estrellas se alineen. No te excuses en que quieres ver todos los episodios de “The Expanse” o “Messiah”. Ni te escondas detrás del termómetro, que hay gente que sale a trotar o a rodar cuando la temperatura ronda los cero grados Celsius. Hay ropa y accesorios que podemos usar para protegerse y hacer el ejercicio que el cuerpo pide. Tenemos piernas y no son para estar sentados horas y horas.

Recuerda la que has rodado durante el año pasado, recuerda los parajes, las vistas, las charlas y que te sirvan como un empujón para salir y continuar viviendo al cien por ciento.

San Luis Potosí capital… puerta al altiplano
Lago de Chapala, paraíso descuidado en el estado de Jalisco
Volcán Tequila, visto desde el Bosque la Primavera, faldas del Nejahuete
La Glorieta, entrañas del Bosque la Primavera, amalgama de amigos, hermanos, colegas… ciclistas disfrutando la dicha de rodar…
No es Marte, es la Sierra de San Miguelito, otro tesoro… sólo es necesario dejarla ser…

¿Qué viene? Tu dilo, tu proponlo, tu hazlo, tu rueda…

Ruta Wirikuta… final 2019

Justo hemos dejado atrás el pueblo fantasma y ahora nos encontramos con Real de Catorce de nuevo, pero viéndolo desde unos 250 metros más arriba y un par de kilómetros de vacío. La vista es mágica. Atrás de nosotros una de las cimas más altas de la sierra, rematada con antenas de quien sabe qué.

Allá abajo el pueblo, que se ve apacible, la torre de la iglesia erguida como seguramente lo planearon los padrecitos al momento de diseñarla, a su alrededor los caserones, ahora convertidos en hoteles, posadas, fondas, restaurantes, pero sin perder ese aroma de siglos atrás. Sólo ver algún que otro auto nos permite recordar que estamos en el siglo XXI. Más atrás, entre las montañas se ve el altiplano potosino, lo que me parece es el poblado de Estación Catorce y carreteras que llegan y salen hacia varios puntos siguiendo un trazado recto que simulan una gran cuadrícula en el lejano valle.

 

Ver a mis compañeros de barredora me saca de la contemplación y me detengo para ver que la cadena de la bici del Hojas se ha atorado casi hasta la fundición con el cuadro. Nos llevo casi diez minutos, y cuatro pares de manos al unísono poder destrabar los eslabones que parecían esos perrillos melosos en una calle haciendo ya saben que… jeje. Terminada la operación destrabe, pudimos seguir adelante, Sabas, Topete, Quique, Hojas y yo. Confiados en que el grupo seguía más adelante, tanto que ya no los veíamos y en un par de ocasiones hasta dudábamos del camino que llevábamos. Afortunadamente, como en película de suspenso, en el momento en que los héroes (osease, nosotros) estábamos a punto de sucumbir encontramos la marca que nos salvaba y nos guiaba en la dirección correcta.

Es increíble como parece tan sencilla una ruta aquí. Desde lejos todo se ve tan “liso”, y cuando vas en pleno sendero, se entrecruzan vetas de camino, otros senderos, y caminos falsos que si no estas listo, puedes acabar a kilómetros de la ruta trazada. Y más si vas maravillándote con la espectacularidad de los paisajes, de las tomas. Sencillamente, sorprendiendo a nuestra imaginación con más escenas como sacadas de cuentos y historias épicas. Ni que decir cuando te imaginas a aquellos que nos precedieron y de alguna forma descubrieron como lograr sobrevivir en estos parajes… y no lo digo sólo por los españoles, que eran sobre todo guiados por la ambición de leyendas cubiertas de oro sino antes más… los nativos que llegaban del norte y decidían quedarse en estos parajes antes de seguir sus caminos al sur.

Iba yo siguiendo un sendero, confiado en que era la ruta correcta, lidereando la barredora cuando ví a lo lejos otro ciclista detenido en el inicio de un repecho, me voy acercando con la confianza sólida de que vamos por buen camino y descubro que es el Moy (Moisés cuando no lo conoces). “¿Todo bien?” – la frase universal del ciclista de montaña. Es nuestro, saludo, nuestra marca, nuestro deseo hacia nuestros compañeros de aventura. “Finalmente se ponchó Roger” – así me respondió señalando a la rueda trasera de su bici. No hizo falta más, me detengo para ver cómo apoyar y conforme van llegando Topete, Sabas, Quique y Hojas se van deteniendo con el mismo objetivo. ¿Se dan cuenta de lo rápido que podríamos convertir a México en un mejor lugar y el mejor país? Siguiendo simples aprendizajes que nos da rodar en la montaña… sin comisiones, sin tiempos extras o pensar en el camino fácil, vimos a un compañero de rodada (otro ciudadano) y sin esperar respuesta te detienes a ayudar, así de fácil. Nos tomo tiempo y viéndolo a la buena fue un buen momento de la rodada.

Porque es en estos momento donde los lazos entre el grupo se fortalece, y vamos conociéndonos de a poco, entre la plática, la anécdota y las bromas.

Es la magia de rodar.

Hojas, Quique, Topete, Sabas, viejos lobos de mar en esto del MTB llegados de Jalisco, yo, un inmigrante en tierras potosinas y Moy, un ciclista de montaña desde hace muchos años en estos lares.

Un breve video, demostrando que siempre estamos listos… aunque no parezca, y que cada eventualidad es un gran condimento para el banquete que es rodar!:

No fue necesario una dinámica de romper el hielo, la integración se da rodando juntos y sabiendo que nos alimentamos de la misma pasión por encontrar caminos, descubrir rutas y compartir con nuestros amigos, sean de aquí, de Jalisco, de Morelos, de Queretaro, de Bolivia, de Francia o de Tinbuktú!! Entre todos, arreglamos la llanta ponchada de la baika de Moy, platicando en medio de la nada y sembrando las semillas de nuevas amistades unos y creando nuevas otros.

Así es esto…. Ya lo leyeron, ahora pasemos la voz y que todos se enteren… así es como podemos sacar a este “H” país de donde está, sin mañaneras todos los días, aunque eso sí, casi todos los fines de semana, jeje.

Bien, seguimos rodando un par de cuestas (lomitos diría aquel), y nos fuimos acercando a la gran sorpresa de un bajadón como pocos!, diría el Hojas. Y sí, fuimos acercándonos a una garganta entre dos montañas, digna de un banquete para los geólogos. Y la vereda se convirtió en un sendero que se angostaba, y se inclinaba hacia abajo en algunos trechos, en los que sinceramente, yo me bajaba y los pasaba pie a tierra. Pero sé que muchos de nuestros compañeros de ruta, la debieron haber bajado como se debe y la disfrutaron como niñ@s en jugetería!!! Ya vi algunos videos y fotos.

En fin. La retaguardia del grupo bajamos y nos encontramos que los Ixtlanenses estaban ahí esperándonos. Ya incrementando el número de la barredora continuamos la ruta, ahora por una terracería que nos llevaría al empedrado que era la penúltima etapa antes de alacanzar nuevamente el túnel de Ogarrio y culminar nuestro reto. Tomamos la terracería con furia, esforzándonos quizás un poco de más de lo debido, si hubiéramos sabido que aún faltaba hacer esfuerzos, aunque solo faltaran unos 15 kilómetros de la ruta.

Llegando al empedrado , no lo sabíamos pero todavía habría que rodar en esos últimos kilómetros casi 600 metros más hacia arriba, cruzando el angosto valle que lleva a los viajeros desde Cedral (en la puerta del altiplano) hasta el famoso túmel de acceso a Real de Catorce. Pues bien, ese tramo es un falso plano, no me pregunten cómo pero yo no veía una subida como tal, pero íbamos subiendo, subiendo, subiendo…

Son esos momentos en que se prueba a los ciclistas. Ahí cada uno nos enfrentamos a nadie más que nosotros mismos. La belleza del lugar de repente queda en un segundo lugar y lo principal es encontrar la manera de convencer a mi propio cuerpo de obtener la mayor cantidad de energía con los muy limitados recursos con los que a esa altura de la ruta cuento. Seguramente mis azúcares ya están extintos y siento que la reserva de agua, electrolitos y sales esta al límite, mis labios están secos, paso mi lengua sobre ellos pero sólo queda un sabor a sal y polvo. Y con todo eso, mi rostro sonríe, no como un reflejo involuntario, sino por simple consecuencia de la fiesta que llevaba dentro de mí, la de mi espíritu completamente lleno por todo lo vivido desde las 7 de la mañana. Pedaleo y pedaleo, bajo la relación a una más ligera sin entender muy bien porqué no avanzo como se supondría. Veo la vereda que voy cruzando y no veo que suba pero igual me canso. Para acabarla, las nubes se han ido a tomar el té o quien sabe, y me dejan con la acalorada compañía del sol. Empiezo a sudar, y ahora noto que mi ánfora se esta quedando vacía. Y mi camel ya esta limpia. Alcanzo a un par de compañeros y los paso, pero el pueblo Potrero aún se ve lejos. Veo a lo lejos a otro ciclista, en este caso una ciclista. Y aunque no la identifico se convierte en mi compañera de rodada los últimos kilómetros antes de llegar al poblado de Potrero, y finalmente alcanzar al grupo con que arrancamos cerca de 6 horas antes.

El grupo retomaba el camino hacia el túnel Ogarrio, la última etapa podríamos decir. No más de 1,500 metros kilómetros, y nada más 100 metros de altimetría… o sea, que era una pendiente bastante pesada para terminar… pero ya no importaba si caminabas un poco o rodabas hasta el ardor de tus músculos, ya estábamos a “tiro de pierna”. Fuimos dejando el Potrero de poco a poco, hasta que la final volvíamos a ser la barredora, el estimado Hojas y yo. Escuchando los gritos de ánimo de Fer Sainz y otros que nos gritaban desde el parador de entrada al túnel Ogarrio. Lo habíamos logrado. El reto Wirikuta en Real de Catorce, estaba llegando a su fin. Hojas, Pancho, Moy, Gaby (ahora, “la srita. Viento”), Quique, Topete, Oscar y Gaby, Norma, el Arky, Rafa, Laura, Fabiruchas, El Cuajo, Nefta, Estrella y muchos más habíamos completado lo que nos habíamos propuesto. Y de paso volvimos a demostrar lo que es el espíritu del ciclismo de montaña… juntos salir, juntos llegar, juntos divertirnos y compartir lo que la naturaleza y dios mismo nos dejo aquí, preparado simplemente para que lo pudiéramos vivir, atesorar y llevar de vuelta a nuestros queridos y conocidos, al siguiente día, cuando volviéramos a nuestros lugares a continuar viviendo, esperando por volver a montar en nuestras bicis y volver… a rodar!

Reto Wirikuta …

Recuerdo que en ocasiones comentábamos al rodar… que estos parajes, que estas montañas, desde eones han estado aquí tan solo para que pudiéramos cruzar rodando por aquí en ese día… Esas mismas palabras fueron aplicadas hace unos días. Ahora fue un pueblo escondido en el rincón de una sierra, que es la frontera con el norteño altiplano mexicano. Enclavado entre cimas moldeadas por el viento y escabrosas cañadas, ahí nos esperaba Real de Catorce. Desde hace cientos de años, sus ex-minas, sus guijarros, los fantasmas de conquistadores, guachichiles, gambusinos vieron pasar este peculiar grupo multicolor de nuevos aventureros.

Ahora montados en nuestras propias máquinas de aluminio, fierro, carbono. Impulsados por nuestra sangre, músculos, tendones, huesos, risas y espíritu. Mucho espíritu y voluntad entre mezclados para dar esa combinación de energía, empuje, sudor, sonrisas y hasta una que otra lágrima escondida de alguno ante estos maravillosos paisajes de ensueño que no piden nada a otros lares allende el desierto o el mar.

Luego de varios meses de preparación, de planes, llamadas, “whatsappes”, recordatorios para contar con la cooperacha de todos nos dimos cita poco antes del amanecer a las puertas del Real los Alamos, nuestro hogar por un par de noches. Uno a uno fuimos saliendo a la calle y preparando cada cual su montura, ajustando las chamarras, los “buffs”, cascos, guantes y, tras escuchar la sencilla pero hermosa oración en voz de don Pancho, el de Ixtlán del Río, emprendimos el reto… rodar la ruta de Wirikuta, 2019.

Los ciclistas recorrimos calles del pueblo que aún dormía en su mayoría y nos enfilamos al túnel de Ogarrio, marco sin igual para darnos la salida al reto que cada uno traía consigo…

Aquí pego humildemente la ruta que registré yo. La idea es mostrarles en un mapa lo recorrido… alrededor de 50 kms, con una altimetría de unos 1,600 metros, es un reto muy recomendable para todo aquel que ama el MTB. Y que mejor poderlo rodar en compañía de un gran grupo de colegas, amigas, amigos, maestros, hermanos de esta ruta de vida!

 

Apenas empezábamos, fue una veloz pero traqueteada bajada por empedrado hasta un pequeño poblado llamado “el Refugio” y ahí empezamos a rodar sobre caminos rurales y single-tracks, así empezaba la primera de varias subidas que nos cobrarían la osadía de rodar esta ruta. Las palabras tienen una difícil tarea; honrar la belleza del lugar. A las puertas del desierto del norte, no me hubiera imaginado que la vegetación y el entorno semi-árido fueran tan majestuosos…

Viejos lienzos de piedra, bajo un sol de invierno, en otoño
Camino rural, ciclistas de montaña, amaneciendo, fresco, nubes… un combinación mágica
El gran Sabas, de los bosques a estas colinas de pastos. El mismo corazón en diferentes tierras… nota, lo de atrás no es mar… es una alfombra de nubes cubriendo el altiplano
Mi baika, pacientemente esperando a que el jinete termine sus tomas…

 

Y esto apenas empieza…

Cada kilómetro nos va regalando más. Vistas inesperadas, pláticas con viejos amigos de rodadas que coincidimos nuevamente.

El camino se convierte en una vereda y los pedruscos se esparcen por el camino, incrementando la dificultad, entrecortando mi respiración y haciendo que pie a tierra pague peaje a esta ruta.

Volvemos a pedalear, y la vereda se convierte en cornisa que le agrega la sensación de vértigo a la ruta, pero paga con la libertad de ir ahí, donde pocos llegan.

Pueblo fantasma al que le pasamos por un costado, si pones atención aún escuchas los gritos de los capataces ordenando a los mineros, las pezuñas de burros cargando fardos llenos de tierra y piedra, los carretones que van a los pueblos allá abajo, para llevar sus riquezas…

Ahora esos sonidos se opacan unos segundos, mientras pasa la treintena de bicicletas, traqueteando sobre el sendero rocoso, y el resoplar de los ciclistas por sortear el repecho y llegar al punto de reunión, casi a la mitad de la ruta… y aún faltaba…

 

Azul y verde

Y muchos otros colores que parecieran no existir, están ahí. Simplemente hay que tomar la bici y rodar unos minutos por las calles de mi ciudad hasta que éstas se convierten en un sendero que bordea una presa. La cañada del Lobo enmarca la presa que lleva su mismo nombre. No he revisado a detalle el origen de la presa, pero creo que era un repositorio de algún manantial y la cuenca natural de los escurrimientos de la frontera noreste de la Sierra de San Miguelito, antes de que su hilo de agua desembocara en lo que ahora es la calzada de Guadalupe, y el centro de San Luis Potosí capital.

Bellos lugares como este no hay muchos. No es necesaria aquí la exuberancia de la huasteca, es asimilar la humildad de estas tierras que con poco ofrecen mucho.

Aquí, apenas pasando la presa, se asoma una trepada que de tan solo verla ya te saca el aire…
Pagando el precio de la trepada, entre rueda y pie a tierra, viene el disfrute de una vista, tan lejana y tan cercana para los potosinos…
Una ventana al cielo con los pies bien puestos en la tierra, dirían algunos…

El azul y el verde son tan solo el marco en el que tonos marrones, cafés, blancos dan forma a mezquites, magueyes espadines, palmas pita y aún pinos comparten el terreno con biznagas, nopales y hasta caballos, que tranquilamente pacen en silenciosos planos entre cañadas.

 

Un maguey espadín, aquí tomando el sol con su arbusto amigo y una miriada de rocas, producto de miles de años de sol, viento y agua…
Aprovechando un hueco en las nubes, tomo la luz del sol prestada para esta toma… de lo rodado
Pinos enanos, encinos pigmeos, cactus, rocas y a lo lejos, la ciudad. Así me gusta… que lo primordial sea lo natural… o no?
Aquí estos amigos, gozando unos momentos de plácido desayuno, seguramente de la misma forma que hace cientos de años lo hacían sus antepasados, los primeros que habían llegado de la vieja Europa

Mi espíritu se expande al ver a mi alrededor, en mi mismo campo de visión los cerros que bajan a la ciudad, más secos y cubiertos de algunos arbustos y las montañas que se alzan cubiertas de arbustos verdes y pinos enanos… que dicha!

La ciudad, arrogancia por crecer = desarrollo mal entendido
La sierra, honor y lucha por prevalecer y darnos razón de ser… y estar

Así la vida nos regala a diario momentos, simplemente hay tomarnos un poco el tiempo para voltear a cada lado, si, quizás un poco de esfuerzo de nuestra parte, pero qué? de eso se trata vivir no es así? La vida es movimiento y no sólo estar sentado en un sillón.

Ro

Rodar

Rodar, suena simple, algunos quizás se acordarán de KungFu Panda 3 y la aldea de pandas…

Rodar, es así y puede ser más complejo, eso depende de cada quien

Rodar, es para unos salir de su cotidiano y apartarse para llegar a algún otro lugar.

Rodar, es para otros, más bien llegar al lugar que para ellos es el real y al cuál ansían regresar

Rodar, es una bicicleta, una vereda, un pedalear y dejarse llevar

Rodar, es verse con amigos de ocasión, e inventar una razón para salir a tomar… consejos

Rodar, es inventar una razón para perderse unas horas y soñar que el mundo es algo más

Rodar, es encontrar un porqué para regresar al mundo con nuevos bríos y capaz que cambiarlo

Rodar, es un manubrio, un par de ruedas, un casco, unos guantes y aguante para llegar

Rodar, es un amigo, una amiga, un grupo, un equipo, un esfuerzo y el tesón

Rodar, es no dejarse, continuar aún con cansancio, una caída, un susto, es seguir la senda

Rodar es ante todo para mí, un estilo de vida, porque no es algo aparte a mí, no es una actividad más que agrego a mis días, es una forma de moverme por la vida, es una manera de ver mi andar, es un cristal a través del cual descubro maravillas de este mundo y si, también de la gente que pasa a mi lado. Es ver mis acciones de una manera más humana, más cercana a lo que me rodea, escuchando de cerquita (Jalisciense, claro). Es sentir el aire mientras recorro mi ciudad (San Luis Potosí por el momento). Es ver de frente a mi prójimo, en la acera, esperando el semáforo, a través del cristal de un auto o de una casa, caminando por el parque o compartiendo la calle o el sendero conmigo por un momento.

Rodar es ver esta foto y ver más allá de la marca de la bici, ver más allá de un lienzo de piedras que tiene años ahí, es ver más allá de los nopales, los arbustos y la tierra roja (como la arcilla de mi bosque La Primavera o Tapalpa). Es descubrir que mi andar viene de más allá de esas montañas que se ven ahí, y que sé que allá hay otros que comparten mi sentir y en ese mismo momento están viendo hacia mí sin saberlo pero con consciencia de hacerlo, y eso nos hace ser más, y eso alimenta la esperanza de que este lugar si nos merece y podemos seguir aquí aprendiendo a amarlo sin destruirlo, conocerlo sin acabarlo, compartirlo sin pelearlo, cuidarlo sin separarlo…

Rodar, es esto y mucho más… chido sería que se motivaran con esta lectura a agregar una frase más

Ro

Entre pinos y piedras

Pinos verdes luchando por crecer en las laderas áridas de estos montes. Me deslumbra la belleza en los colores que se destacan cubriendo estos parajes. Me emociono casi hasta las lágrimas al descubrir lo afortunado que soy en esta ocasión por rodar en estas veredas. No me importa el esfuerzo, los senderos difíciles de domar, entre tanta piedra suelta, tramos de roca viva, escalones. Con gusto ofrezco mi sudor al saber que soy de los pocos que estamos rodando esta ruta.

Que bello es este planeta, que dicha tener estos rincones de naturaleza todavía. Nos muestran como deberíamos comportarnos con nuestra casera, con humildad y agradecimiento.

En cierto punto de la rodada, luego de una subida “tendidita”, de esas que no ves su fin y que te llegan a exasperar, por no ver cuando acaba, que me encontré de pronto ante la postal que enmarca esta reseña. Acompañado de un par de mis amigos de los Lizzards, como usualmente en estas rodadas, acompañándonos con otros ciclistas que aunque no sean del mismo grupo compartimos la ruta algunos kilómetros. Aquí no hay barreras entre grupos, entre equipos… así lo veo yo y así lo vivo yo.

Ahí abajo se asoma una presa, la lucha incansable del hombre por sobrevivir ante condiciones extremas. El trazado surgió no por las bicis, seguramente de vacas o cabras ya lo cruzaban desde hace muchos años. Que bien que algunos locos ciclistas como nosotros, se les ocurrió explorar por acá y ahora han compartido sus dichas y hoy nos toca descubrir y disfrutar estas líneas terrosas.

Creo que esta es una gran toma ejemplificando lo que es el ciclismo de montaña, amplitud, el esfuerzo, la belleza, montañas, planicies, paisajes, tierra, árboles, arbustos, agua, nubes, valles, sierras, la vereda, los pinos, los espinos, las cactáceas, majestuosidad del horizonte, la belleza de los pequeños detalles y ahí como parte del todo, el ciclista, sin ser más ni menos, adaptándose al camino, y hablando por mí, con la humildad de ir cruzando sin aspavientos, con los movimientos precisos, con la energía y la concentración, ni más ni menos. Con la gratitud  ante esa majestuosa vastedad y que se nos permita cruzar por este paraje.

Que mejor sería el mundo si este espíritu del ciclista fuera más un estilo de vida que una moda no?

Gracias Ernesto por ser el modelo en esta toma. Saludos!

Ro

Silencio

Subo las colinas que bordean la ciudad, ahora más cubiertas de pavimento que de tierra, pero le encuentro el modo a las trepadas urbanas y a los toboganes asfaltados. Tomo rumbo por la carretera a Guadalajara, subiendo por el acotamiento y con San Luis Potosí capital a mis espaldas. Luego de un par de kilómetros remato una colina domada y entro en el poblado de Mesa de Conejos.

Voy cruzando por la calle principal de no más de 10 cuadras y sigo escuchando los carros que van por la carretera, los que van saliendo de la Mesa y las voces de las gentes que van saliendo de sus casas y empiezan a montar los puestos para el tianguis dominical.

 

Dejo atrás el caserío y paso a un lado del camposanto del pueblo, el entorno parece guardar respeto y las voces y los ronroneos urbanos parecen acallar su ruido. Sigo por la vereda que se aleja del pueblo, apenas se puede distinguir a ras de tierra la vereda. Poco se diferencia el camino terroso de las faldas de la colina que voy subiendo, el mismo tono, ese color marmóreo y pardo claro, sólo se distingue la vereda por tener unas pocas menos de piedras sobre sí. Y yo simplemente sigo subiendo hacia la sierra, seguido por un sol que empieza a despertarse realmente, descobijándose la neblina pre-veraniega y siendo mis testigos únicamente las piedras, la tierra y una que otra cactácea.

 

Sorteando una curva, dejo atrás la vista a la ciudad y sus pueblos aledaños y me quedo pasmado ante la silueta de la sierra que veo levantándose más allá, delante, todavía un poco lejos. Primero veo la vereda pedregosa que ahora baja y me empuja con la fuerza de la gravedad hacia un valle alargado en donde sólo se ve la silueta de una vieja casucha y un pequeño sembradío mantenido muy a fuerza.

Es ahí cuando mi espíritu ya pasmado, queda abrumado. Descubro el poder de una voz que no escucho a diario. Pareciera un brinco en mi conciencia. Escucho tan fuerte y firme al mismo silencio que detengo mi pedaleo. Lo rodea todo, lo llena todo y hace que mis ojos se abran, mis pupilas se dilaten seguramente, mis oídos vibran, mi garganta parece cerrarse y puedo percibir la más leve brisa en toda la piel.

Todo cobra una intensidad difícil de describir, la luz, el calor, el viento. Ahora detenido, no se cuánto tiempo, veo que estoy parado en una curva casi en “U” y hago mi propia toma “panorámica” de este paraje que es entre un valle y una cañada, escondido en las montañas en el extremo nor-occidental de la Sierra. No hay sonidos, no hay ruido, no hay susurros. Cierro mis ojos y me veo a mi mismo rodeado de estas cimas en lo corto y picos montañosos más a lo lejos, el sol cayendo a plomo, unas pocas vacas allá abajo, pero no hay ruido, no hay sonidos…

Abro de nuevo mis ojos y veo a lo lejos el libramiento poniente de San Luis Potosí y veo pequeños punto de color moviéndose, son autos, y otros más como tubitos, que son camiones o trailers… pero sus sonidos no me llegan. Regreso mi vista a la Sierra, las cimas y picos que rodean esta ruta, la vereda que serpentea hacia abajo, se bifurca y se pierde a lo lejos en una cañada a mi derecha, y en un paso de colinas a mi izquierda, flanqueado por un hilillo de agua que viene de un poco más allá…

De nuevo un sonido, el conocido “clap” de cuando engrapo mi pie derecho al pedal, y este deja su lugar al sonido de ruedas rozando las piedras que como alfombra recubren el camino, voy sintiendo el viento acariciando mis manos, mis piernas, mi rostro. El susurro vuelve a apagarse, el sonido se retrae, el silencio va cubriéndome de nuevo, a pesar de que voy rodando, me va acompañando y se convierte hoy en un colega más rodando a mi lado, creo que de vez en vez, al silencio también le gusta rodar…

alle!

Interclubes by Lizzards

Domingo, 24 de marzo de 2019. La cita: 7:30am en Portezuelo, al oriente de San Luis Potosí, capital. Uno, cinco, diez, cuarenta, noventa, más de cien ciclistas… presente!

Bajo un espeso banco de niebla, alrededor de un centenar de ciclistas nos fuimos abriendo paso por las calles aún silenciosas de Portezuelo (ya vio don Ruben, empezamos con su sugerencia…)

Que sensación de júbilo es ser parte de la organización que convocó a más de un centenar de colegas ciclistas de montaña en domingo, antes de las 8:00am de la mañana. Desde niños, niñas, jóvenes adolescentes y otros no tan jóvenes, pero aún adolescentes. También habíamos los “adultos contemporáneos”, los experimentados seniors y alguno que otro al que no se le distinguía la edad.

 

Cuarta edición de la rodada “interclubes”.  Ahora correspondió a los Lizzards ser los organizadores y anfitriones de este loable evento lleno de la buena vibra de docenas de ciclistas que me recuerdan la esencia de esta actividad que es  más que un deporte, esto es también una forma de ver la vida, un estilo para vivirla al máximo!

Esta rodada no empezó el domingo, creo que arrancó hace algunos meses, cuando Toño y Ruben coincidieron con otros “voceros” de otros grupos y dieron a luz a esta idea de reunir a los ciclistas de montaña en San Luis Potosí y compartir rutas entre los grupos. Y luego, hace unas semanas cuando algunos Lizzards nos dimos a la tarea de definir la ruta que compartiríamos y dirigiríamos. Se trataba de basarnos en una ruta “emblema” de Lizzards, así que por fuerza sería una que nos llevara a La Morena. La ruta se definió modificando sólo un poco la ruta, para resumir algunas subidas muy empinadas y una que otra bajada técnica. No se trató de renunciar a algún tramo, sino de ofrecer el mejor camino para TODOS. Porque así es el ciclismo de montaña, inclusivo, apoyo entre todos. Hay competencias, si, siempre las hay. Pero es en estas rodadas en donde hasta los más aguerridos saben recordar lo que es fundamental cuando rodamos en la montaña. Rodamos para disfrutar y aprender a compartir con la misma tierra, con el bosque y el desierto, con el sol y las nubes, con nuestro sudor y la voz de apoyo del amigo o amiga; la dicha de estar vivos y poder compartirlo con otros. Hemos aprendido a estar ahí por si se ofrece, dar ayuda y ofrecer nuestra experiencia para que todos vayamos mejorando y aprendiendo, porque acuérdense, ya nos ha tocado también pedir ayuda y que alguien pase diciendo: “Todo bien?” – y se detenga para ofrecer su ayuda.

Es así como esta hermandad fue fluyendo en la ruta, y fuimos compartiendo unos con otros, alguna palabra, algún consejo, las herramientas, si se ofrecía. Y sobre todo el gusto Lizzards de compartir esta ruta que ya no será exclusiva (nunca lo fue) de nosotros, uno que otro la conoció por primera vez y quizás la haga también suya.

Llenamos de color el llano. El valle de la Cuesta, generalmente terroso y solo con destellos verdes, se vio envuelto en un arcoiris de jerseys y bicicletas que daban la impresión de gritar a todo color.

Levantamos polvo, tan sólo para que una vez pasado el último éste se volviera a asentar y nuevamente el silencio se adueñara del camino, dejando simplemente la huella de decenas de bicicletas como marca en la comarca.

Compartimos el tentenpie en La Morena, ese villorrio que nos ve pasar muy seguido y nos hidrata con un refresco o una cerveza de vez en vez. Por unos minutos se convirtió en el polo del MTB en la zona centro de San Luis Potosí y más de algún poblador se asomaba asombrado al ver que la población se había multiplicado quizás al doble de la habitual. Pero lo mejor fue sentir la camarería en la calle principal de la Morena. Si bien se distinguían los diferentes grupos de ciclistas, no era extraño ver como de uno a otro iban ciclistas para saludar a los colegas de otra “tribu” ciclista. Eso es también parte del espíritu del MTB, somos muchos, diferentes quizás pero unidos por el mismo espíritu. Alimentados por los mismos gustos y ánimos de rodar, de compartir, de apoyar, de estar!

Muchos descubrimos nuevos pasos, otros las volvimos a conocer la ruta. Unos encontramos a viejos amigos, no vistos hace tiempo, otros renovamos la amistad y otros fortalecimos los lazos con su propio grupo. Alguno aprendió un nuevo tip para rodar; otro lo ofreció sin chistar.

Fuimos abriendo paso en la neblina tempranera, soportamos con buen ánimo el sol que se portó amable aún al estar pleno sobre nosotros, acompañándonos desde su palco. Sorteamos un primer tramo de pavimento, subiendo y bajando columpios, superamos la arena suelta, como fuera, pero la superamos. Tomamos velocidad cuando el camino no regalaba una bajadilla y pagamos el esfuerzo para subir alguna cuesta.

Practicamos la paciencia en el tramo estrecho donde uno que otro se animó a bajar los escalones dándonos certeza de que en algún momento, si así queremos podemos lograrlo también otros.

Y lo mejor al final de la rodada creo que vi una sonrisa en los ciclistas de los que pude despedirme. Unos conocidos, otros no. Sin importar el color de su jersey o el tipo o marca de su bicicleta, todos fuimos uno durante unas horas, ciclistas de montaña, unidos por el simple y gran gusto de rodar!

Aquí casi todo el equipo!!! otros estaban haciendo migas con otros grupos…

El narrador