De miedos y otras cosas…

 “¿Y no te da miedo que pase un camión y te atropelle?”. Seguramente era una de las preguntas que más escuchaba desde que rodaba por las calles. Y si, el miedo está ahí, la cuestión es no congelarse ante él, y no atraer esos fatídicos escenarios al rodar.
El ser humano es un pensante compulsivo, y para mal o para bien, muchos de sus pensamientos son negativos. Es decir: “Hoy hace frío…”, “Hoy hace calor…” “Ay!, tengo que hacer…” “Ay!, me faltó hacer …” . Aquí lo indicado es saber “torear” los pensamientos negativos. Si, por ejemplo, aparece la imagen de uno mismo cayendo en la banqueta o golpeándose “aventado” por un carro o un camión… sí, si los hay, y les encanta aparecer. La solución es hacerla como Silverio Perez, un buen muletazo  y que el pensamiento-imagen se siga de largo. Uno puede gastar más energía bloqueando los pensamientos que desviándolos. Así que si llega ese tipo de pensamientos, está bien, que llegue… y que así como llegó, que se vaya.

Tampoco se trata de apegarse a la negación mientras uno rueda en las calles; como decir, eso nunca me va a pasar. Se trata más bien de aprovecharse del miedo, convertirlo en un motor, en un sensor de proximidad. He oído por ahí, o leído, o visto… eso no importa tanto. Lo de valor es saber que el miedo puede ser la chispa para que en humildad, nos hagamos conscientes de que ninguno somos perfectos y en uno u otro grado, cada uno de nosotros, dependemos los unos de los otros. Si hemos decidido vivir en la ciudad, debemos de aceptar que nuestro andar con seguridad en las calles no depende de nosotros al cien por ciento (ni siquiera conduciendo automóvil). 
Y así, en lugar de ver a los demás como obstáculos de nuestro rodar, los vemos como compañeros del camino. Todos tenemos un destino, cada uno decide su modo de llegar.