Dejandome guiar

Rodando empecé el domingo.

De esos días en que es a ti a quien sacan a pasear. Mi bici y la ruta se fueron dibujando enfrente de mi. Como los juegos de vídeo en primera persona. Yo iba viendo únicamente los metros delante mío, se acercaba una bifurcación y sin saber mucho cómo, ya había tomado una dirección y seguía rodando.

Así entre en el parque Tangamanga y tomé el camino de la llamada “Oreja”, para luego salirme del pavimento y seguir por la vereda que va más pegada al perímetro del parque. Pasé lentamente a lado de un gran sapo que pesadamente cruzaba el sendero y se ocultaba en un mechón de pasto. Pase junto a un trío de corredores que estaban entrenando, no piensen otra cosa.

Y pronto me ví saliendo del parque por una de sus entradas secundarios hacia la colonia Balcones. Ahí me encontré con Ernesto, hacia varias semanas que no coincidíamos en las rodadas y ahora casualmente nos encontrábamos. Antes de ponernos al día, las preguntas del ciclista:

– ¿A dónde ruedas?

– uhm, en eso ando

– Cañada del lobo

– suena bien!

Y así, sin tanto más, nos enfilamos hacia la cañada del lobo. No más allá de tres kilómetros creo, ahora siendo más de uno hasta más seguro pasar por las colonias que bordean el periférico de San Luis Potosí, que como en cualquier otra gran ciudad, mejor ir acompañado.

Sin casi pensarlo, ya estábamos bordeando la presa de la cañada del lobo y sin tener una ruta fija simplemente seguíamos por donde las bicicletas nos iban marcando. Fuimos acercándonos a la subida imposible (los reto). Es una subida que creo que ya no merece el nombre de terracería, es un camino para cabras (y creo que habría más de una que se tropezaría). Aquí si que las “las piedras rodando se encuentran” como diría el Tri. Me pregunto a qué hora salen los gobblins, o los gnomos y duendes que cada vez que paso por aquí, pareciera que crecen, se mueven de lugar y rellenas los espacios que antes uno habría podido rodar.

En fin, hicimos uso de la humildad y nos bajamos de la bicicleta para sortear casi toda la subida. Ya en el llano “de arriba” el camino se facilita, pero no es una perita en dulce, no descansas, tienes que estar concentrado y seguir esforzándote para mantener el equilibrio sobre la rila. Ahí en el camino fuimos haciendo ruta y pasamos sobre la pista “Chavitos” pero nos seguimos hacia el Peñasco (si, otro Peñasco, no ese otro, ni aquél). Lo pasamos y llegamos hasta el punto en que se ve la presa de San Antonio (si recuerdo el nombre). Ahí iniciamos una bajada corta hasta las casas que no son casas. Dos cuartuchos que sepa en dios para que era, igual ya están desbaratándose. Ese fue el punto que marcó el medio de nuestra ruta y luego de una foto “pal recuerdo”, emprendimos el regreso.

NOTA: Y si, la foto fue para el recuerdo, porque ya no la encontré en mi celular, jeje.

Fue un poco más ágil, en lugar de pasar caminando ahora la bajada hacia la presa de la cañada de lobo, casi todo el tramo, creo que lo rodamos unas dos terceras partes, ya que la bendita gravedad nos empujó un poco para pasar algunos escalones y no les dimos tiempo a las piedras de moverse para estorbarnos.

Regresamos al periférico y pasamos nuevamente las colonias marginales hasta el punto en que Ernesto tomó rumbo a su casa y yo seguí, volviendo a entrar al parque Tangamanga y salir por dónde había entrado hacia un par de horas. Disfrutando un aire fresco que se combinaba con el sol que llegaba a su cenit. Y recordando las lecciones de este día: De vez en cuando uno puede dejar que la ruta se descubra por sí misma, y la humildad en lo que hacemos bien nos puede llevar más lejos de lo que creemos. Y tanto sólo como acompañado, rodar es una oportunidad de seguir disfrutando la vida!

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