La caida

Es de mañana. Rodando voy en solitario esta vez. De cuando en cuando es bueno darse el momento, aunque claro que sabemos que hay riesgos, por eso procuramos avisar que ruta rodaremos y de hecho hacer una que no conlleve más riesgos de los necesarios.

Hey!, bajé el último trecho sin bajarme, – uujaaa – se escucha en el bosque, mi grito de ánimo y satisfacción por rodar, practicamente sin bajarme de la bici ese tramo de la ruta… según recuerdo , nunca, en mis casi diez años de rodar por aquí había logrado eso, así que voy contento, satisfecho. He de aceptar que ayudó el que alguien le haya dado una manita de gato, una barridita y que las lluvias adelantadas le dieran una pulidita a esta parte extrema para bajar la colina y llegar al “árbol”.

Aún con la sonrisa en mi rostro, sigo rodando y decido ya que ruta tomaré para emprender el regreso a “postes” a la “caseta” de acceso y en donde inicié a rodar esta mañana. Tomo la vereda que serpentea un poco hacia arriba de nuevo para luego rodar un mini-tobogán que me haría llegar a uno de los vallecitos. Pero antes, ruedo una saliente y me enfilo a otra bajada inclinada. Por el lado izquierdo es aún virgen para mí, es un escalón que no me he animado a brincar, o bajar. Del lado derecho es una pendiente continua, si bien se ve extrema, no se ve imposible, y además, hace unas dos semanas, bajé por ahí sin problema. Entonces tomo ese camino derecho y sucede…

Son segundos que parecen aletargarse en mi memoria, me levanto un poco del asiento y echo nalgas para atrás, como lo marcan los cánones y mi experiencia para mantener estabilidad y no irme de frente. Siento que entro un poco desviado, la llanta delantera cae en una pequeña zanja. Yo no pienso haber perdido la bici, si mal no recuerdo estoy pensando: “voy chueco, levanta el manubrió y jala a la derecha”, si… lo pienso, pero las cosas suceden de otra manera; creo que sigo levantado un poco sobre el asiento, pero en la inclinación de la bajada, tengo mi cuerpo más hacia adelante, más sobre el manubrio, más de lo que debería. No siento perder la bicicleta, pero la verdad es que ésta ya no va controlada por mi, sino por la gravedad, que ahora es la que manda.

Mi visión parece cerrarse, ya no tengo visión periférica, y estoy viendo solamente los cuatro metros cuadrados que tengo enfrente, recuerdo estar viendo mi manubrio y la potencia, el tubo que “agarra” el manubrio al cuadro, luego, en lo que parecen varios segundos pero no son más que milésimas de uno sólo, veo mis manos, mis brazos extenderse hacia el frente, sobre el manubrio, mis pies ya se han desengrapado. Lo hice yo? No lo sé, pero que bueno que sea por el instinto, la experiencia o la suerte, ya no estoy “pegado” a la bici, vamos juntos, pero no revueltos, compartiremos la misma suerte, de eso no hay duda.

Mis manos enguantadas marcan la avanzada, no tengo conciencia de más. Siento el contacto con la tierra, me voy deslizando, mis palmas van raspando la pendiente hacia abajo, les siguen mis antebrazos, luego mi torso y ya siento ir frenando, mi pecho golpea el piso de tierra, pero no me duele, mi rostro recibe leves golpeteos de la tierra y pequeñas piedras que se han levantado con el rozamiento de mis brazos. No se cuánto me deslicé, pero estimo que no más de dos metros hacia abajo. Hago un recuento instantáneo y creo que todo esta en su lugar. Mis manos siguen enguantadas, los guantes hicieron su trabajo y aguantaron el raspón. Mis antebrazos recibieron su dósis y vierten un poco de sangre de las raspadas, ya que traigo un jersey de manga corta, pero nada de cuidado según veo… todo se sigue moviendo; muñecas, dedos, codos, hombres, cuello…

Algo duele y descubro que es uno de mis tobillos, parece atrapado y en la confusión del momento creo que sigue engrapado pero no puede ser… tengo la llanta trasera de mi bici casi a la altura de mi cabeza, anatómicamente imposible… me apoyo en mis manos he intento levantarme pero el dolor me “sugiere” que no siga. Volteó a mis piernas y estan bien pero mi tobillo derecho esta “atapado” en los cables de freno y velocidades que pasan por enfrente del manubrio… ¿cómo fue que quedó ahi?, será una duda que no creo descubrir. En esos segundos que pasan de que vas rodando a que quedas en el piso siempre pueden ocurrir hasta dobleces en el espacio-tiempo, creo… En fin, intento zafarme y no lo logro. Parece que si sigo forzando a soltarme de los chicotes del manubrio, puedo ahora si, realmente lesionarme el tobillo, así que aquí es cuando algo realmente sucede: aprendo y descubro la posible razón de este “accidente”, o al menos así lo veo yo. Claramente recuerdo haber visto como la desesperación parecía irse asomando, como cuando uno ve acercarse una nube de insectos detrás de una colina, o una ola más grande de lo esperada cuando estas tranquilamente a la orilla de la playa. Pero logré contenerla, o más bien dicho sortearla… no me enfrente en una lucha estéril, sino que la vi venir, la miré y la dejé pasar… respiré hondo un par de veces, abracé la tierra debajo de mis manos y empecé a analizar los posibles pasos para salir del embrollo. Agarré como pude la rueda trasera de mi bici, que tenía a la altura de mi rostro y ví que podía empujarla para separarla de mí, esa parecía una buena opción, porque sentí que podía mover un poco más el tobillo, pero aún sin liberarlo.

En eso escuché el tipico sonido que se produce al pisotear hojas ahí en el bosque…”otro ciclista!” pensé, que me vea y me pueda ayudar a destrabar mi tobillo, no alcanzaba a ver, pero volví a escuchar las hojas pisoteadas… pero no escuchaba el típico roce de las ruedas con la tierra… uhmmm, puse atención y sí, eran pisadas… pero no de bici, sino de una vaca… bendito! Jajaja… que imagen, ¿o no? Yo ahí tirado, cual largo soy, atorado en mi propia bicicleta, sin poder moverme, y una vaca pasando simplemente por ahí mirandome, para simplemente seguir su camino y continuar mascando yerba… chale!…

En fin, “si no ayudas, no estorbes” y doña vaca se lo tomó al pie de la letra y siguió su camino. Entonces nuevamente volví a lo mío, a tranquilizarme. No había problema, no tenía nada roto, solo tenía que indagar exactamente para donde empujar la llanta trasera para poder liberar mi tobillo. Otro par de respiraciones y luego apoyándome con mi mano derecha, levanté mi torso y empujé la llanta trasera hacia atrás, hacia arriba de la pendiente y voila!, se liberó mi pie, con lo cual pude sentarme y constatar que no había lesiones en mis extremidades inferiores, más allá de unas abrasiones en mis rodillas. Raspones que ahora se convierten en trofeos de la rodada y tributos a la ruta, jeje. Me levanté, rehice mi inventario y agradecí que no tuviera lesiones más allá de las raspaduras.

Tomo a mi leal alumínica, y le sacudo un poco la tierra, verifico cadena, frenos, pedales, manubrio, desviadores, todo en su lugar, una que otra raspadura nueva pero puede rodar. No pierdo tiempo, más vale volver a rodar antes de empezar a enfriarme y que otros golpes se hagan notar ya que la adrenalina salga de mi sistema.

No camino, mucho, a veces las lesiones más difíciles de curar no son las físicas, sino las mentales, así que aún sin terminar la bajada monto en mi bici, básicamente para demostrarme que puedo volver a tomar una bajada sobre las ruedas, y seguimos por la ruta… salgo al camino ancho, y para seguir con mi auto-terapia decido no bajar por el camino rápido sino tomar la ruta de la Cebada (o casitas),  y por ahí termino mi ruta tempranera, llego al punto de salida, sonrió para mis adentros, agradezco a todos, por volver, algo polvoriento y raspado, pero listo para la siguiente rodada que espero sea muy pronto.

¡Asi a de ser! ¿o no?

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2 Respuestas

  1. Pablo Bike Fluo dice:

    Jajjajajaajjaa estuvo buena la explcacion milimetro a milimetro de una cahida… Que bueno que estas bien… Expericiencias son todas y como esas mas.. Para despues mejorar..

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