Rodando con mi hijo


Cuando uno rueda, sea en compañía o en solitario, uno cambia de canal. Al menos así lo siento yo. También algunos amigos con los que comparto este gusto me lo han comentado. Uno experimenta primero una libertad por andar a otro ritmo, también experimentan un cierto temor, sobre todo al inicio, porque van “aprendiendo” y “conociendo” su bicicleta y a ellos mismos. Luego el temor se cambia por aventura, por satisfacción.

Hoy quiero compartir algo que exponenció mi pasión y satisfacción, aunque realmente no “rodé” este fin de semana… corrí y camine junto a mi hijo, quien era el que estaba rodando, sus primeras rodadas, sus primeras caídas.

No sé si sea el mejor maestro, pero verlo rodando en ese tramo de camino cerca de las piedrotas (Tapalpa), escuchándolo y viéndolo sonreír, externando el miedo a caerse pero a la vez, gritando “otra vuelta!” hace que me broten las lagrimas tan solo al recordarlo.

Íbamos gritando ambos, él en la bici, yo corriendo a su lado, y sopas, dos “baches” un descontrol y una caída que no pude evitarle, fue a dar de bruces a un charco de lodo… todo bien, lo ví completo y en su lugar, le ayudo a levantarse y a levantar la bici… “!wow! Me caí papa!, otra, otra!” ¿Cómo explicarlo? Solo quien ha rodado, quien ha sentido el vértigo momentáneo de la caída, el susto y el volverse a levantar…. Puede tener una idea de lo que sentí. Cuando lo siento en mi mismo, es orgullo y es fuerza de mi voluntad por volver a intentarlo… y esta vez: verlo en mi hijo, escucharlo… es indescriptible… mejor les dejo unas imágenes, porque las lágrimas no me dejan escribir, mis lágrimas de gusto, de orgullo, no por mí solamente, sino por él… por las ganas que le puso, le pone y por decir… “el querer andar en bici lo heredé de ti papá, ¿verdad?”

¿Qué más les puedo decir…?