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Ruta Wirikuta… final 2019

Justo hemos dejado atrás el pueblo fantasma y ahora nos encontramos con Real de Catorce de nuevo, pero viéndolo desde unos 250 metros más arriba y un par de kilómetros de vacío. La vista es mágica. Atrás de nosotros una de las cimas más altas de la sierra, rematada con antenas de quien sabe qué.

Allá abajo el pueblo, que se ve apacible, la torre de la iglesia erguida como seguramente lo planearon los padrecitos al momento de diseñarla, a su alrededor los caserones, ahora convertidos en hoteles, posadas, fondas, restaurantes, pero sin perder ese aroma de siglos atrás. Sólo ver algún que otro auto nos permite recordar que estamos en el siglo XXI. Más atrás, entre las montañas se ve el altiplano potosino, lo que me parece es el poblado de Estación Catorce y carreteras que llegan y salen hacia varios puntos siguiendo un trazado recto que simulan una gran cuadrícula en el lejano valle.

 

Ver a mis compañeros de barredora me saca de la contemplación y me detengo para ver que la cadena de la bici del Hojas se ha atorado casi hasta la fundición con el cuadro. Nos llevo casi diez minutos, y cuatro pares de manos al unísono poder destrabar los eslabones que parecían esos perrillos melosos en una calle haciendo ya saben que… jeje. Terminada la operación destrabe, pudimos seguir adelante, Sabas, Topete, Quique, Hojas y yo. Confiados en que el grupo seguía más adelante, tanto que ya no los veíamos y en un par de ocasiones hasta dudábamos del camino que llevábamos. Afortunadamente, como en película de suspenso, en el momento en que los héroes (osease, nosotros) estábamos a punto de sucumbir encontramos la marca que nos salvaba y nos guiaba en la dirección correcta.

Es increíble como parece tan sencilla una ruta aquí. Desde lejos todo se ve tan “liso”, y cuando vas en pleno sendero, se entrecruzan vetas de camino, otros senderos, y caminos falsos que si no estas listo, puedes acabar a kilómetros de la ruta trazada. Y más si vas maravillándote con la espectacularidad de los paisajes, de las tomas. Sencillamente, sorprendiendo a nuestra imaginación con más escenas como sacadas de cuentos y historias épicas. Ni que decir cuando te imaginas a aquellos que nos precedieron y de alguna forma descubrieron como lograr sobrevivir en estos parajes… y no lo digo sólo por los españoles, que eran sobre todo guiados por la ambición de leyendas cubiertas de oro sino antes más… los nativos que llegaban del norte y decidían quedarse en estos parajes antes de seguir sus caminos al sur.

Iba yo siguiendo un sendero, confiado en que era la ruta correcta, lidereando la barredora cuando ví a lo lejos otro ciclista detenido en el inicio de un repecho, me voy acercando con la confianza sólida de que vamos por buen camino y descubro que es el Moy (Moisés cuando no lo conoces). “¿Todo bien?” – la frase universal del ciclista de montaña. Es nuestro, saludo, nuestra marca, nuestro deseo hacia nuestros compañeros de aventura. “Finalmente se ponchó Roger” – así me respondió señalando a la rueda trasera de su bici. No hizo falta más, me detengo para ver cómo apoyar y conforme van llegando Topete, Sabas, Quique y Hojas se van deteniendo con el mismo objetivo. ¿Se dan cuenta de lo rápido que podríamos convertir a México en un mejor lugar y el mejor país? Siguiendo simples aprendizajes que nos da rodar en la montaña… sin comisiones, sin tiempos extras o pensar en el camino fácil, vimos a un compañero de rodada (otro ciudadano) y sin esperar respuesta te detienes a ayudar, así de fácil. Nos tomo tiempo y viéndolo a la buena fue un buen momento de la rodada.

Porque es en estos momento donde los lazos entre el grupo se fortalece, y vamos conociéndonos de a poco, entre la plática, la anécdota y las bromas.

Es la magia de rodar.

Hojas, Quique, Topete, Sabas, viejos lobos de mar en esto del MTB llegados de Jalisco, yo, un inmigrante en tierras potosinas y Moy, un ciclista de montaña desde hace muchos años en estos lares.

Un breve video, demostrando que siempre estamos listos… aunque no parezca, y que cada eventualidad es un gran condimento para el banquete que es rodar!:

No fue necesario una dinámica de romper el hielo, la integración se da rodando juntos y sabiendo que nos alimentamos de la misma pasión por encontrar caminos, descubrir rutas y compartir con nuestros amigos, sean de aquí, de Jalisco, de Morelos, de Queretaro, de Bolivia, de Francia o de Tinbuktú!! Entre todos, arreglamos la llanta ponchada de la baika de Moy, platicando en medio de la nada y sembrando las semillas de nuevas amistades unos y creando nuevas otros.

Así es esto…. Ya lo leyeron, ahora pasemos la voz y que todos se enteren… así es como podemos sacar a este “H” país de donde está, sin mañaneras todos los días, aunque eso sí, casi todos los fines de semana, jeje.

Bien, seguimos rodando un par de cuestas (lomitos diría aquel), y nos fuimos acercando a la gran sorpresa de un bajadón como pocos!, diría el Hojas. Y sí, fuimos acercándonos a una garganta entre dos montañas, digna de un banquete para los geólogos. Y la vereda se convirtió en un sendero que se angostaba, y se inclinaba hacia abajo en algunos trechos, en los que sinceramente, yo me bajaba y los pasaba pie a tierra. Pero sé que muchos de nuestros compañeros de ruta, la debieron haber bajado como se debe y la disfrutaron como niñ@s en jugetería!!! Ya vi algunos videos y fotos.

En fin. La retaguardia del grupo bajamos y nos encontramos que los Ixtlanenses estaban ahí esperándonos. Ya incrementando el número de la barredora continuamos la ruta, ahora por una terracería que nos llevaría al empedrado que era la penúltima etapa antes de alacanzar nuevamente el túnel de Ogarrio y culminar nuestro reto. Tomamos la terracería con furia, esforzándonos quizás un poco de más de lo debido, si hubiéramos sabido que aún faltaba hacer esfuerzos, aunque solo faltaran unos 15 kilómetros de la ruta.

Llegando al empedrado , no lo sabíamos pero todavía habría que rodar en esos últimos kilómetros casi 600 metros más hacia arriba, cruzando el angosto valle que lleva a los viajeros desde Cedral (en la puerta del altiplano) hasta el famoso túmel de acceso a Real de Catorce. Pues bien, ese tramo es un falso plano, no me pregunten cómo pero yo no veía una subida como tal, pero íbamos subiendo, subiendo, subiendo…

Son esos momentos en que se prueba a los ciclistas. Ahí cada uno nos enfrentamos a nadie más que nosotros mismos. La belleza del lugar de repente queda en un segundo lugar y lo principal es encontrar la manera de convencer a mi propio cuerpo de obtener la mayor cantidad de energía con los muy limitados recursos con los que a esa altura de la ruta cuento. Seguramente mis azúcares ya están extintos y siento que la reserva de agua, electrolitos y sales esta al límite, mis labios están secos, paso mi lengua sobre ellos pero sólo queda un sabor a sal y polvo. Y con todo eso, mi rostro sonríe, no como un reflejo involuntario, sino por simple consecuencia de la fiesta que llevaba dentro de mí, la de mi espíritu completamente lleno por todo lo vivido desde las 7 de la mañana. Pedaleo y pedaleo, bajo la relación a una más ligera sin entender muy bien porqué no avanzo como se supondría. Veo la vereda que voy cruzando y no veo que suba pero igual me canso. Para acabarla, las nubes se han ido a tomar el té o quien sabe, y me dejan con la acalorada compañía del sol. Empiezo a sudar, y ahora noto que mi ánfora se esta quedando vacía. Y mi camel ya esta limpia. Alcanzo a un par de compañeros y los paso, pero el pueblo Potrero aún se ve lejos. Veo a lo lejos a otro ciclista, en este caso una ciclista. Y aunque no la identifico se convierte en mi compañera de rodada los últimos kilómetros antes de llegar al poblado de Potrero, y finalmente alcanzar al grupo con que arrancamos cerca de 6 horas antes.

El grupo retomaba el camino hacia el túnel Ogarrio, la última etapa podríamos decir. No más de 1,500 metros kilómetros, y nada más 100 metros de altimetría… o sea, que era una pendiente bastante pesada para terminar… pero ya no importaba si caminabas un poco o rodabas hasta el ardor de tus músculos, ya estábamos a “tiro de pierna”. Fuimos dejando el Potrero de poco a poco, hasta que la final volvíamos a ser la barredora, el estimado Hojas y yo. Escuchando los gritos de ánimo de Fer Sainz y otros que nos gritaban desde el parador de entrada al túnel Ogarrio. Lo habíamos logrado. El reto Wirikuta en Real de Catorce, estaba llegando a su fin. Hojas, Pancho, Moy, Gaby (ahora, “la srita. Viento”), Quique, Topete, Oscar y Gaby, Norma, el Arky, Rafa, Laura, Fabiruchas, El Cuajo, Nefta, Estrella y muchos más habíamos completado lo que nos habíamos propuesto. Y de paso volvimos a demostrar lo que es el espíritu del ciclismo de montaña… juntos salir, juntos llegar, juntos divertirnos y compartir lo que la naturaleza y dios mismo nos dejo aquí, preparado simplemente para que lo pudiéramos vivir, atesorar y llevar de vuelta a nuestros queridos y conocidos, al siguiente día, cuando volviéramos a nuestros lugares a continuar viviendo, esperando por volver a montar en nuestras bicis y volver… a rodar!

Reto Wirikuta …

Recuerdo que en ocasiones comentábamos al rodar… que estos parajes, que estas montañas, desde eones han estado aquí tan solo para que pudiéramos cruzar rodando por aquí en ese día… Esas mismas palabras fueron aplicadas hace unos días. Ahora fue un pueblo escondido en el rincón de una sierra, que es la frontera con el norteño altiplano mexicano. Enclavado entre cimas moldeadas por el viento y escabrosas cañadas, ahí nos esperaba Real de Catorce. Desde hace cientos de años, sus ex-minas, sus guijarros, los fantasmas de conquistadores, guachichiles, gambusinos vieron pasar este peculiar grupo multicolor de nuevos aventureros.

Ahora montados en nuestras propias máquinas de aluminio, fierro, carbono. Impulsados por nuestra sangre, músculos, tendones, huesos, risas y espíritu. Mucho espíritu y voluntad entre mezclados para dar esa combinación de energía, empuje, sudor, sonrisas y hasta una que otra lágrima escondida de alguno ante estos maravillosos paisajes de ensueño que no piden nada a otros lares allende el desierto o el mar.

Luego de varios meses de preparación, de planes, llamadas, “whatsappes”, recordatorios para contar con la cooperacha de todos nos dimos cita poco antes del amanecer a las puertas del Real los Alamos, nuestro hogar por un par de noches. Uno a uno fuimos saliendo a la calle y preparando cada cual su montura, ajustando las chamarras, los “buffs”, cascos, guantes y, tras escuchar la sencilla pero hermosa oración en voz de don Pancho, el de Ixtlán del Río, emprendimos el reto… rodar la ruta de Wirikuta, 2019.

Los ciclistas recorrimos calles del pueblo que aún dormía en su mayoría y nos enfilamos al túnel de Ogarrio, marco sin igual para darnos la salida al reto que cada uno traía consigo…

Aquí pego humildemente la ruta que registré yo. La idea es mostrarles en un mapa lo recorrido… alrededor de 50 kms, con una altimetría de unos 1,600 metros, es un reto muy recomendable para todo aquel que ama el MTB. Y que mejor poderlo rodar en compañía de un gran grupo de colegas, amigas, amigos, maestros, hermanos de esta ruta de vida!

 

Apenas empezábamos, fue una veloz pero traqueteada bajada por empedrado hasta un pequeño poblado llamado “el Refugio” y ahí empezamos a rodar sobre caminos rurales y single-tracks, así empezaba la primera de varias subidas que nos cobrarían la osadía de rodar esta ruta. Las palabras tienen una difícil tarea; honrar la belleza del lugar. A las puertas del desierto del norte, no me hubiera imaginado que la vegetación y el entorno semi-árido fueran tan majestuosos…

Viejos lienzos de piedra, bajo un sol de invierno, en otoño
Camino rural, ciclistas de montaña, amaneciendo, fresco, nubes… un combinación mágica
El gran Sabas, de los bosques a estas colinas de pastos. El mismo corazón en diferentes tierras… nota, lo de atrás no es mar… es una alfombra de nubes cubriendo el altiplano
Mi baika, pacientemente esperando a que el jinete termine sus tomas…

 

Y esto apenas empieza…

Cada kilómetro nos va regalando más. Vistas inesperadas, pláticas con viejos amigos de rodadas que coincidimos nuevamente.

El camino se convierte en una vereda y los pedruscos se esparcen por el camino, incrementando la dificultad, entrecortando mi respiración y haciendo que pie a tierra pague peaje a esta ruta.

Volvemos a pedalear, y la vereda se convierte en cornisa que le agrega la sensación de vértigo a la ruta, pero paga con la libertad de ir ahí, donde pocos llegan.

Pueblo fantasma al que le pasamos por un costado, si pones atención aún escuchas los gritos de los capataces ordenando a los mineros, las pezuñas de burros cargando fardos llenos de tierra y piedra, los carretones que van a los pueblos allá abajo, para llevar sus riquezas…

Ahora esos sonidos se opacan unos segundos, mientras pasa la treintena de bicicletas, traqueteando sobre el sendero rocoso, y el resoplar de los ciclistas por sortear el repecho y llegar al punto de reunión, casi a la mitad de la ruta… y aún faltaba…

 

Azul y verde

Y muchos otros colores que parecieran no existir, están ahí. Simplemente hay que tomar la bici y rodar unos minutos por las calles de mi ciudad hasta que éstas se convierten en un sendero que bordea una presa. La cañada del Lobo enmarca la presa que lleva su mismo nombre. No he revisado a detalle el origen de la presa, pero creo que era un repositorio de algún manantial y la cuenca natural de los escurrimientos de la frontera noreste de la Sierra de San Miguelito, antes de que su hilo de agua desembocara en lo que ahora es la calzada de Guadalupe, y el centro de San Luis Potosí capital.

Bellos lugares como este no hay muchos. No es necesaria aquí la exuberancia de la huasteca, es asimilar la humildad de estas tierras que con poco ofrecen mucho.

Aquí, apenas pasando la presa, se asoma una trepada que de tan solo verla ya te saca el aire…
Pagando el precio de la trepada, entre rueda y pie a tierra, viene el disfrute de una vista, tan lejana y tan cercana para los potosinos…
Una ventana al cielo con los pies bien puestos en la tierra, dirían algunos…

El azul y el verde son tan solo el marco en el que tonos marrones, cafés, blancos dan forma a mezquites, magueyes espadines, palmas pita y aún pinos comparten el terreno con biznagas, nopales y hasta caballos, que tranquilamente pacen en silenciosos planos entre cañadas.

 

Un maguey espadín, aquí tomando el sol con su arbusto amigo y una miriada de rocas, producto de miles de años de sol, viento y agua…
Aprovechando un hueco en las nubes, tomo la luz del sol prestada para esta toma… de lo rodado
Pinos enanos, encinos pigmeos, cactus, rocas y a lo lejos, la ciudad. Así me gusta… que lo primordial sea lo natural… o no?
Aquí estos amigos, gozando unos momentos de plácido desayuno, seguramente de la misma forma que hace cientos de años lo hacían sus antepasados, los primeros que habían llegado de la vieja Europa

Mi espíritu se expande al ver a mi alrededor, en mi mismo campo de visión los cerros que bajan a la ciudad, más secos y cubiertos de algunos arbustos y las montañas que se alzan cubiertas de arbustos verdes y pinos enanos… que dicha!

La ciudad, arrogancia por crecer = desarrollo mal entendido
La sierra, honor y lucha por prevalecer y darnos razón de ser… y estar

Así la vida nos regala a diario momentos, simplemente hay tomarnos un poco el tiempo para voltear a cada lado, si, quizás un poco de esfuerzo de nuestra parte, pero qué? de eso se trata vivir no es así? La vida es movimiento y no sólo estar sentado en un sillón.

Ro

Biznaga

Bellezas extrañas dirán algunos, peligrosas plantas dirán otros, la biznaga nos ayuda arrancar éstas líneas. Para mí esta cactácea es una muestra de los secretos que encuentro en cada rodada. Planta digna de un pasaje de ciencia ficción. Hermosa en su esencia, peligrosa en su humilde apariencia y en su aparente bajo perfil.

Sencilla pero adusta y agresiva ante quien no la respete.

 

Como en el ciclismo, a la larga la falta de humildad y respeto cobra.

Rodar en la montaña, en la pista, en la carretera no es tanto quién más o menos, es compartir una pasión y una manera de ver el mundo. Sin vidrios, sin cinturones de seguridad, sin carriles. Es el respeto y la inclusión la que hacen que rodar sea más que un deporte, un estilo de vida.

Podemos salir a las tortillas, a la escuela, al trabajo y en cada ocasión descubriremos algo nuevo cuando vas en bicicleta, al igual que esos fines de semanas vas encontrando nuevos amigos, nuevos paisajes, otros amigos y una que otra historia igual a la anterior pero “actualizada”. La magia de ser uno con esas dos ruedas, un manubrio y un sillín, en donde tienes que mandar y obedecer a la vez, esa aventura nos llena de logros y alimenta retos, nos regala un poco más de vida y da un poco más de espacio a nuestro espíritu….

O no?

Rodar

Rodar, suena simple, algunos quizás se acordarán de KungFu Panda 3 y la aldea de pandas…

Rodar, es así y puede ser más complejo, eso depende de cada quien

Rodar, es para unos salir de su cotidiano y apartarse para llegar a algún otro lugar.

Rodar, es para otros, más bien llegar al lugar que para ellos es el real y al cuál ansían regresar

Rodar, es una bicicleta, una vereda, un pedalear y dejarse llevar

Rodar, es verse con amigos de ocasión, e inventar una razón para salir a tomar… consejos

Rodar, es inventar una razón para perderse unas horas y soñar que el mundo es algo más

Rodar, es encontrar un porqué para regresar al mundo con nuevos bríos y capaz que cambiarlo

Rodar, es un manubrio, un par de ruedas, un casco, unos guantes y aguante para llegar

Rodar, es un amigo, una amiga, un grupo, un equipo, un esfuerzo y el tesón

Rodar, es no dejarse, continuar aún con cansancio, una caída, un susto, es seguir la senda

Rodar es ante todo para mí, un estilo de vida, porque no es algo aparte a mí, no es una actividad más que agrego a mis días, es una forma de moverme por la vida, es una manera de ver mi andar, es un cristal a través del cual descubro maravillas de este mundo y si, también de la gente que pasa a mi lado. Es ver mis acciones de una manera más humana, más cercana a lo que me rodea, escuchando de cerquita (Jalisciense, claro). Es sentir el aire mientras recorro mi ciudad (San Luis Potosí por el momento). Es ver de frente a mi prójimo, en la acera, esperando el semáforo, a través del cristal de un auto o de una casa, caminando por el parque o compartiendo la calle o el sendero conmigo por un momento.

Rodar es ver esta foto y ver más allá de la marca de la bici, ver más allá de un lienzo de piedras que tiene años ahí, es ver más allá de los nopales, los arbustos y la tierra roja (como la arcilla de mi bosque La Primavera o Tapalpa). Es descubrir que mi andar viene de más allá de esas montañas que se ven ahí, y que sé que allá hay otros que comparten mi sentir y en ese mismo momento están viendo hacia mí sin saberlo pero con consciencia de hacerlo, y eso nos hace ser más, y eso alimenta la esperanza de que este lugar si nos merece y podemos seguir aquí aprendiendo a amarlo sin destruirlo, conocerlo sin acabarlo, compartirlo sin pelearlo, cuidarlo sin separarlo…

Rodar, es esto y mucho más… chido sería que se motivaran con esta lectura a agregar una frase más

Ro

una vista muchas miras

Cuando rodamos nos encontramos con la magnificencia de un planeta lleno de vida. Podemos ver más allá de lo evidente (diría León O). Rodando, nuestra visión se extiende más allá de las paredes y ventanas de oficinas, talleres, casas y edificios de la ciudad. Descubrimos que no venimos para simplemente pasar los días yendo y viniendo en carros, camiones o mulas. Se descubren ante nosotros parajes que casi no caben en nuestra mirada, así simplemente porque llegamos ahí.

Pero no como milenials que creen que por ser y estar ya lo merecen todo… el ciclista tiene que esforzarse para merecerlo, tiene que moverse por si mismo, caerse y aprender a levantarse para poder llegar y recibir la inesperada recompensa de que en nuestra pequeñez, somos grandes y somos dichosos herederos de una tierra que no es para nosotros… nos es prestada para cuidarla y hacerla llegar a los que vienen después de nosotros.

Simplemente ve…

Gracias al modelo, Toño, si ahí va… encuéntralo

Viene la loma

Pues nos estamos acercando a la época del año que nos invita a disfrutar con la familia, con los amigos. Vienen los días de fiesta y si no nos cuidamos, de comilonas que estaremos llevando a nuestras rodadas al inicio de 2019. Así que a disfrutar cuidando no abusar del pavo, del ponche, los tamales, el atole, la rosca y la sidra, je je.

Aumentan las comidas y disminuyen las rodadas. Tratemos de que la ecuación se mantenga positiva y evitemos llevar esos kilitos de más en Enero a las brechas… Creo que más que ustedes queridos lectores, estas líneas son para mí, je je.

En fin, ahora si aviso que voy a dar un descanso al blog. Tomaremos fuerza para regresar a las rodadas con todo en el siguiente año y planeando los objetivos a alcanzar durante 2019. Vayan pensándolos y estemos listos para compartirlos, porque cuando se publican, se cargan de energía para ir tras ellos. No te los guardes. 

Vienen nuevas rutas, nuevas rodadas, más kilómetros ante nosotros, más que compartir con todos…

Allá, el horizonte es el límite…
Para saber qué es lo que hay más allá, no hay más que empezar a rodar!
A veces no habrá seguridad de ver que hay, pero si no lo rodamos no lo descubriremos.

Vallartazo 2017

Oscuro, el negro de la noche lo cubre todo. Ni siquiera las estrellas se asoman. Ahora son las nubes quienes nos escoltan mientras vamos dejando atrás el pueblo de Mascota que apenas empieza a desesperezarse con los cantos de los gallos. Empezamos una vez más esta rodada épica.

Volteo atrás y veo ciclistas, miro adelante y veo a otros tantos. Voces quedas, el rumor continuo de las llantas sobre el camino rústico que nos va llevando a través de este valle alargado y todavía dormido, flanqueado por montañas y volcanes durmientes. Una vez más, para variar, tan igual y tan diferente. Es como la primera vez que la rodé. El nervio por el esfuerzo que sabemos que se avecina, la emoción de estar aquí, la alegría de disfrutar lo que me gusta, y estar rodeado de otros locos como yo, que pagamos por venir y rodar y rodar. Viejos conocidos y más viejos amigos que vamos compartiendo el camino. Nuevos amigos que se suman esta vez y se han animado a enfrentar el reto de rodar por esta sierra de mi tierra desde Mascota y llegar a la costa de Puerto Vallarta.

Los Valerio, los Fer, los Botargas, los Talas, los inteles (ahora más ex-inteles, jeje), los Greñas, los Estrella, los Gallo, las Chicas, los Oscar,  los Nuevos, los no-tan-nuevos, la porra y todos convocados por el Kaiser. Esta gracia, esta bendición de estar unidos todos en el mismo reto, a la vez de que cada uno lleva consigo su propia meta, su nuevo logro en mente… terminar, llegar en menos tiempo, no bofearse, no pararse en la subida de la pared, no deshidratarse… Esto es el ciclismo de montaña amigos, estos es vivir al 100%!

 

Primer día, nos toca recorrer de Mascota a San Sebastián del Oeste. Una ruta de 50 kilómetros aproximadamente y unos nada despreciables 2,500 metros de trepada acumulada que se presentan desde los primeros pedaleos. En el kilómetro 11 viene la primera prueba, la trepada de la “pared”… de 1,600msnm subimos a unos 2,000 msnm. En poco más de 4 kms.

Y bueno eso no es todo, porque luego de ilusionarnos en una bajada espectacular de cerca de 5 kms, debemos retomar camino hacia arriba para llegar y rozar los 2470 msnm en el punto más alto del recorrido y luego, los últimos 8 kilómetros serán una bajada hasta el mágico pueblo de San Sebastián del Oeste, enclavado en la la sierra madre occidental.

Todo este recorrido lo rodé en algo más de 6 horas, yendo junto con compas… Lasa, don Vic, el Rober y otros amigos de ruta, María y José, el Greñas, Manuel, Erika y Jessy, y otros tantos que tengo en la mente aunque no tenga sus nombres… porque estas rutas nos enseñan que todos vamos juntos, aunque en momentos no nos veamos, compartimos una meta y cada uno va al ritmo que cada uno se marca, simplemente. Vamos disfrutando, saboreando, en la auto-exigencia, con el cansancio, no hay duda, pero en la certeza que disfrutamos todo lo que vemos, oímos, olemos, sentimos… con nuestros sentidos, pero sobre todo con nuestro espíritu y nuestro corazón…

 

 

 

 

Mi fiel compañera de dos ruedas:

 

 

 

 

 

 

 

Luego de unas reparadoras tarde y noche en San Sebastián del Oeste (una pequeña muestra es la comida en la fonda de Lupita),

 

el grupo se vuelve a reunir para el arranque, algo después de las 7 de la mañana en la salida del pueblo. Y los treinta y tantos que seguimos (alguna bici sufrió falla mecánica y algún ciclista decide no continuar), arrancamos ahora hacia Puerto Vallarta.

Cualquiera pensaría (yo lo pensé la primera vez que rodé el Vallartazo) que el segundo día sería una perita en dulce, fácil, descansado, simplemente bajar a la playa. ¡Pues no!, es una rodada de otros 50 kms aproximadamente, que nos lleva a subir la parte frontal de la sierra madre occidental 3 veces si mal no recuerdo. Y acumulamos sus nada despreciables 1,000 metros de trepada. Eso sí, los paisajes son majestuosos, para muestra, chequen las fotos de algunos de los parajes que quise captar con mi lente… es una experiencia única rodar en el bosque alto, con pinos y encinos, y luego bajar a vegetación más húmeda, árboles tropicales, selva tal cual, en dónde cruzamos arroyos no una, no dos, sino cerca de 20 veces. Ni que preocuparse de secar tus pies ni la bicicleta, porque vas a seguir cruzando agua, ya tu bicicleta empieza a sonar como esas viejas tortillerías del barrio. Y luego vuelves a subir, y de nuevo bosque de pinos, y bajas otra vez, y así de nuevo. Pisas arcilla, tierras negras, tierras cafés, piedras de arroyo y lodo… mucho lodo que no te permite rodar siquiera una pedaleada. Hay que solidarizarnos con nuestra montura y cargarla para poder pasar, mientras te hundes en el fango hasta el tobillo.

Una de las bajadas que nos impulsan para cruzar cual saetas en el espesor de la selva

 

La bulera, un oasis, en el oasis

 

Rober, como todos nosotros aprovechando unos minutos reuniendo fuerza para la siguiente trepada

 

Aquí en una tinajita en el remanso del último arroyo que cruzamos, ya en pos del último impulso antes de completar la faena

 

Todo esto es la aventura y como tal lo recibimos, lo vivimos, lo gozamos, hasta que viene la bajada “larga” que nos deja ya a nivel de mar y en la parte oriental del valle de bahía de Banderas, sólo quedan 10 kilómetros por rodar, casi todo plano, ya con un camino muy hecho, sientes la humedad de la costa y saboreas la sal del mar que pareciera escucharse a lo lejos, allá donde si uno se fija a través de la bruma se ven las torres de hoteles y condominios. Pero nuestra parada nos lleva al crucero el Colorado, a pie de carretera, unos kilómetros antes de Puerto Vallarta, ahí nos espera el camión y ahí vamos llegando todos los aventureros, que gracias a dios, a la habilidad de cada uno y la solidaridad de todos, lo hemos logrado una vez más, cansados, sudados, pero más vivos que en la mañana, satisfechos y felices por vernos de nuevo, por haber compartido juntos una aventura más y por regresar para poder contar esta aventura sin igual!

 

¡A rodar!

NOS OIMOS ESTE VIERNES 6 de OCTUBRE:

En Bicicleta
También este viernes escucha a Rogelio Castillo quien nos platicará de su proyecto Rodando mi tierra!!! 5:00 pm en Radio Vital 1310 AM

 

Ánimo que la semana empieza

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Mucho se ha rodado ya… aún mas nos queda por cruzar, por trepar, por bajar, por compartir… por disfrutar.

Sea en las calles, sorteando baches, superando topes, eludiendo conductores con síndrome de negación al cambio…

Sea en la brecha suburbana, con el charco de temporal, superando perros enjundiosos…

Sea en la montaña, viendo desde una persepectiva diferente el andar de la ciudad, de la sociedad…

No importa como sea que ruedes, lo importante es rodar y con ello demostrar que la vida desde otros modos y gustos se puede disfrutar!!!

Feliz inicio de semana!

Ro