Una rodada vacacional

 

Miro al cielo y veo ese azul cristalino, intenso y hasta cercano. Moteado con esas nubes modestas parecidas a nueces, tan apacibles que parecen no moverse, o tan siquiera cambiar de forma mientras navegan en ese mar azul que lo llena todo allá arriba. Voy sintiendo el viento frío, pero no helado, que me llega de frente mientras voy rodando cuesta arriba.

Hace tiempo que no rodaba una ruta como esta. Iba pensando en mil y una cosas, llevé el tren de pensamientos al extremo, que hasta parecía uno de esos trenes magnéticos japoneses. Iba recordando previas travesías por estas mismas brechas y estos mismos senderos y a la vez sentía los trechos pedregosos como si fuera la primera vez, atacaba las trepadas como si no las hubiera rodado antes. Recordaba lo que iba platicando con algún compañero y mientras, esbozaba una sonrisa.

Hoy no hay ecos de otras ruedas rodando junto a mi bici, no viene el comentario mordaz de algún compañero o la anécdota por boca de alguien más. Ahora venimos sólo mi bicicleta y yo. Es uno de esos días en que aprovecho el momento y me animo a lanzarme en solitario. Compruebo en primera persona la gratitud de este deporte-estilo de vida que es el ciclismo en general, y el ciclismo de montaña en particular. Es flexible, se adapta a ser practicado en equipo, en grupo, o en individual. Es agradecido, practicarlo te da más de lo que pide, a la larga parece que te da algunos días más de vida con calidad, y fortalece tu día a día. Es natural, te brinda la oportunidad de acercarte no sólo a la naturaleza, sino a tu propio yo, y reconocerte.

Fui rodando, en momentos quise dar un poco más y aceleraba el pedaleo, o en ocasiones, en una subida, trataba de mantener el mismo ritmo que llevaba, como jugando a “vencerte a ti mismo”. En otras ocasiones, simplemente disminuía el ritmo para dar un vistazo a mi alrededor, a un tronco curioso que parecía haberse movido mientras yo pasaba, escuchar algún pajaro invisible detrás de algunas ramas o ver a los lejos, en el horizonte, las líneas características de mi bosque, el Bosque la Primavera, allá, algo lejos hacia el norte… la singular loma de Planillas junto al chipote que es el cerro de San Miguel, y su desde aquí inexistente Torre 3. Que pequeño se ve desde aquí -pienso- y sin duda, alguien debe estar sudando la gota gorda subiendo a la Torre 1.

Me tocó un día apacible, maravilloso pudiese decir. Un día que desearía a todos, unas horas únicamente con uno mismo, creo que eso es lo que necesitamos cada uno, para realmente valorar nuestra temporal estancia en estas tierras, para descubrir que no necesitamos aferrarnos al poder, manipularnos absurdamente para pretender demostrar que somos más inteligentes, o más ricos, o más astutos que los demás. Al final deberíamos de descubrir que la plenitud es en estar satisfechos con nosotros mismos, en “caernos bien”; con nuestras habilidades, debilidades, fortalezas y oportunidades de mejorar.

Habríamos de darnos la oportunidad de estar en silencio y escucharnos, nuestros temores, nuestras expectativas y nuestros sueños. Y descubrir que cada uno tiene lo necesario para obtener eso que buscamos, que también podemos superar esos escollos en el camino. Es simplemente como rodar en bicicleta, es tomar impulso, subirse al sillín, y empezar a pedalear, mirando al horizonte, para saber a dónde quieres llegar, pero observando el camino inmediato, para ir gozando y acomodando cuerpo y bici en función de lo que va deparando el sendero que estamos cruzando.

Eran como las 11 de la mañana cuando alcancé el mirador, un viejo vigilante me saludó desde un poco más al sur: el Nevado, hoy sin nieve, pero ni falta le hacía. Se veía majestuoso, impresionante, hasta parecía más grande que otras veces que he venido hasta acá. Y ni modo, no traigo cámara el día de hoy, pero en la siguiente milésima de segundo me consuelo; este recuerdo, esta imagen será sólo mía. En alguna ocasión lo escuché o lo leí, “estos recuerdos son sólo para mí”. Pero en lo que cabe, se los comparto con mis palabras, con mi descripción de ver el pico más alto de estos lares, impetuoso, ahora así, como desnudo… podía ver el gris de las rocas y arenas de su cima, y los bosques flanqueando sus faldas, y atrás de él surgía una tímida fumarola del escondido volcan de fuego, como diciendo: “aquí estoy también yo…”

Seguí mi camino y crucé la ranchería de “San Pancho”. Hey, estan arreglando la pedregosa y siempre trastabillante bajada de piedras, un grupo de compas, imagino que de la misma ranchería estan colocando empredado, y me dijeron “Ya a la siguiente vas a poder bajar sin problemas!”, yo agradecí y seguí hacia la “segunda cima” de la rodada… llegué a la piedra balanceada y debo aceptar que hice algo no de lo más prudente. Porque decidí seguir por el camino normal que me llevaría al single-track que nos lleva directamente a Juanacatlán, en lugar de bajar por la “brecha” ancha, usada por los locales y más segura ahora que venía solo. Pero bueno, quien soy yo para ser prudente siempre? Además, confié en mi bicicleta y confié en mí. Y el bosque confió en mí y más aún, cuando iba llegando al arranque del single-track, vi con el rabillo del ojo, a mi izquierda un moviento, y cuando volteé disfruté del majestuoso vuelo de un águila, que seguramente no espero verme por su territorio ese día, y la ví cruzar unos metros adelante extendiendo sus alas para elevarse un poco y llegar hasta un árbol al otro lado del camino, a mi derecha. Sí, esta tiera aún tiene tesoros que podemos disfrutar y proteger, o quizás debiera decir, “dejar que nos protejan”?.

Esa visión del ave dueña de los cielos de estos bosques, fue uno de los regalos de esta rodada, y llegar a Juanacatlán fue una delicia, aún siendo mediodía, el viento era fresco, casi frío, me dió el impulso para seguir la brecha hasta Ferrería y de ahí regresar a Atemajac de Brizuela, mi punto de partida… Y completo, sano y más lleno de vida que con la que había llegado, me comprueba que rodar por la montaña no es sólo un deporte más, no es únicamente un estilo de vida, es una forma de combinar el espíritu, el cuerpo y la mente con lo que nos rodea… sí! Como Yoda dijera… “Es unirnos con la fuerza, con el todo que nos rodea …los árboles, las rocas, el camino, los animales, el viento…”

 

 

 

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1 respuesta

  1. FerS dice:

    Refrescante lectura la de este post.
    Muy bien Mr Ro, tu passion por este deporte es admirable y la capacidad de expresarlo y compartirlo es aun mucho mejor. Saludos FerS

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